Buena comida, mal trago

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Ha sido una mala idea. Pasear por el centro de Madrid en el mes de diciembre siempre es una mala idea. Es como intentar abrir un hueco en medio del mar…, el agua siempre llena el vacío. En este caso, sin embargo, no hay mar, sino centenares de personas que, en forma de olas, se concentran en el centro de la capital, enloquecidas por estar en cualquier sitio, menos en sus casas. Encima, este frío que te lleva al alcoholismo en cualquier bar, con tal de descongelar, al menos, tu nariz.
Así que entro con dos amigas más en uno de los muchos “Kebab” por la Puerta del Sol para disfrutar de esas tiras de carne tierna, envueltas en deliciosa salsa, en medio de crujiente pan tostado, llamados “döner kebab”. Unos tesoros hosteleros que han sido mucho mejor recibidos que sus inventores.

Nos atiende un camarero turco que, al ver cómo tres chicas vacilonas traspasan la frontera de la confianza, exigiendo un trato especial, hace lo mismo. Al cabo de unos minutos aquello parecía una escena tradicional de flirteo barato, no se sabe de quién con quién, cuyo último objetivo era comerse un buen kebab. Todo ricamente perfecto hasta que una de mis amigas pronunció soberbiamente cuando el camarero ya se había ido: “No me gustan los musulmanes.” Y a mi pregunta: “¿Por qué?”, esta amiga mía (de las de verdad), nacida en un país musulmán no árabe y crecida en otro cristiano de la Europa Oriental, contestó: “Porque son muy fanáticos…” Una conclusión, obviamente no sacada por el servicio privilegiado que nos brindó el camarero musulmán, ni por el exceso de carne y salsa que nos habían puesto en los panecillos. Entonces di las gracias de que mi amiga, al menos, diferenciase entre personas musulmanas y árabes, ya que se limitó a llamar al pobre chico “musulmán” y no “árabe”. Pero por lo demás…, la cena ya se había ido al garete.

La vuelta a casa en metro, para evitar todo ese atasco de gente, entrando y saliendo de las tiendas de Madrid en plena “Operación Navidad”, fue un viaje lleno de “flashes” mentales. Pensaba… ¿por qué ha hecho una persona indudablemente inteligente ese comentario tan simplista? ¿Por qué cuando intenté explicarle su equivocación, ella ni siquiera me remitió con sus argumentos, dejando claro que no iba a cambiar de opinión? ¿Por qué ese rechazo barato hacia alguien con quien hacía pocos minutos se había estado riendo?

De repente sonreí yo sola en el vagón casi vacío del metro que irrumpía en medio de la oscuridad del túnel: ¡Es el miedo! Cuanto más fuerte se hace nuestro mundo, más miedo tenemos de todo.

Hace no muchos años un fantasma recorría la Vieja Europa: el del Movimiento Obrero. Éste y sus adversarios dieron paso a la Guerra Fría y a la consolidación de dos polos de poder con unos “buenos” muy buenos y unos “malos” muy malos. Después, sin embargo, llegó el momento, en el que el fantasma se tuvo que reunir con los suyos lejos de la tierra: todos los demás fantasmas (Indios, coreanos, vietnamitas, etc.) y corrió el rumor del nuevo “mal: la inmigración que aparecía inevitablemente cogida de la mano de la globalización. Ahora nos sigue aterrorizando la inmigración, pero incluso esa inmigración potencial, sí-sí, la que todavía no ha salido de sus países de origen. ¿Qué hacemos entonces? Cerramos más el círculo, encogemos alrededor de nuestros propios temores y dejamos que cuatro locos nos llenen la cabeza de locuras, amenazando con la pérdida de nuestra querida identidad. ¿Qué identidad? Ésa sería otra cuestión a debatir.

El miedo al otro es el signo más claro de la inseguridad. Ahora, sin embargo, no tenemos miedo a un país en concreto o a una nación. No… Esta vez nos hemos metido de cabeza, como si de toros en la feria del pueblo se tratara, en una confrontación directa con el 20% de la población mundial, contra una quinta parte de todos los seres humanos en el planeta Tierra, contra uno de cada cinco niños que nacen en el mundo, contra el 3% de los habitantes de Europa: contra los Musulmanes. Contra ellos, contra su religión, contra su modo de vivir y costumbres, contra el mundo musulmán árabe… ¿Y por qué? Porque el “choque de civilizaciones” está basado en simplismos y clichés reduccionistas. Porque nos creemos que tener armas nucleares nos hace más civilizados. Porque cuando se habla de las relaciones actuales entre el mundo musulmán y el occidental, se piensa en las viñetas danesas sobre Mahoma, en el Papa Benedicto XVI y sus polémicas declaraciones sobre el Islam o en el uso del velo en la escuela por las mujeres musulmanas… Porque todo ello aumenta un clima de sospecha y, con unas desigualdades económicas tan agravadas, se da lugar a tensiones que, a su vez, dan combustible al mito del Choque de Civilizaciones. Porque distinguimos entre terrorismos buenos y terrorismos malos. Porque el conflicto palestino-israelí no existiría si no existiera Occidente. Porque nos creemos poder exportar nuestra “democracia”, a base de violencia y culturas pisoteadas. Porque el peor enemigo del ser humano es su ignorancia…

Así que, o aceptas una única lectura del pensamiento (la occidental) o te conviertes en un enemigo potencial. Porque si no nos sigues, eres un fanático.

Uff…, estoy un poco confusa, ¿quiénes eran los fanáticos? Es mi parada, me tengo que bajar.
 

Fuente: http://momentum-islam.blogdrive.com/

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