Blancanieves frente al espejo I

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No era una choza demasiado grande, pero sí la más confortable de todas. Al lado, otras cuatro más. Dos eran utilizadas como dormitorios. Las restantes como cuadra y almacén. Todo era pequeño y funcional. Sólo se salían de esta austeridad general las dependencias personales de la única mujer que vivía en el campamento. Desde hacía un tiempo, una joven, llamada Blancanieves, vivía allí con siete enanitos.
La escena era la misma de todos los días. Blancanieves observaba sentada cómo el enano bonachón preparaba la cena, para ella y los demás. Mientras se atusaba el pelo frente a un gran espejo colgado en mitad de la estancia, se preguntaba si habría alguien más guapa que ella en el mundo.

No quedaba mucho para que comenzaran a oírse las cadenas, arrastradas por los pequeños pies cansados de los seis enanitos restantes. El polvo que levantaban podía verse cuando los obreros enfilaban la última recta, antes de llegar al campamento. Esa era la señal para que bonachón comenzara a colocar los platos para la cena.

En pocos minutos, Gruñón llamaba a la puerta y entraban todos juntos, en silencio. Siempre ocurría así. Gruñón era el que tenía el carácter más fuerte de todos, y además era el preferido de Blancanieves. Estaba un poco enamorada de él pero nunca se lo había dicho. Lo prefería así, para que ninguno de ellos pudiese tomarlo como un gesto de debilidad.

Él era el quién había conseguido subyugar a sus seis hermanos. Tenía un fuerte carácter, y los demás le tenían bastante miedo. Las cadenas pasaron a formar parte de la vida cotidiana del campamento desde muy pronto. Blancanieves era una chica de armas tomar, y el ejecutor de sus deseos era Gruñón, y era compensado por ello. Dormían juntos casi todas las noches y tenía el mejor trato.

Pero no todo eran buenos momentos. La tranquilidad de su vida tenía algunos altibajos. Como un ciclo planeado, sin saber de dónde no por qué, estallaba un torrente de rabia. Entonces tenía que trasladarse a las dependencias de sus hermanos para dejar que Blancanieves aplacara su ira poco a poco. No solía haber motivo aparente para esas rabietas, pero todos se ponían a temblar. A ella le gustaba hacerle sufrir, poniendo en entredicho su virilidad frente a sus hermanos. Gruñón era muy macho, y ella lo sabía, pero disfrutaba montando esas escenitas. Era parte de su carácter.

Los demás no se escapaban de la ira de su ama. Era caprichosa voluble y protestaba por todo. A la menor ocasión, estallaba en gritos que retumbaban por todo el bosque. Poco tenía que ver esta muchacha con la de hacía apenas un par de años. Una princesa de cuento, cándida y alegre. Sumisa a los caprichos de su envidiosa madrastra. Ahora todo había cambiado. Tanto era así, que en su mente había aparecido la palabra “asesinato”, como una revelación. La venganza comenzaba a tomar cuerpo en sus pensamientos.

De vez en cuando, comentaba con Gruñón el tema. Su madrastra debía morir. En el cuarto, después de hacer el amor, se gestaba la conspiración. Ella era más entusiasta que él con ese tema. El pequeño hombre sabía cómo se las gastaba su amante, por eso no le exponía sus dudas claramente. Tan solo se limitaba a llevarle la corriente, esperando que se olvidara del asunto.

Era difícil llevar a cabo la empresa. El castillo de su madrastra estaba vigilado día y noche por soldados experimentados, que no dudarían en atravesar con la espada a quien se interpusiera en su camino. Si se quería hacer, tendrían que buscar alguna forma para esquivar la puntería y la fuerza de los guardias.

Blancanieves ya había pensado en el futuro, una vez consumada su idea. Si los planes salían como esperaba, recuperaría su reino y su vida anterior. Una mañana, sin razón aparente, decidió que tenía que hacerse sin más tregua.

Ella quería que Gruñón le ayudase. Una empresa de ese tipo no podía hacerla una persona sola. Sería capaz de prometerle cualquier cosa, hasta amor y matrimonio. No eran esos sus planes reales, pero sería capaz de cualquier cosa para obtener lo que deseaba.

Estaba un poco enamorada, pero no estaba tan loca como para casarse con él. ¿Qué pensarían los nobles de los demás reinos cuando la viesen de la mano de un enano? Prefería seguir teniéndolo como amante, algo para lo que estaba más que sobrado. Pero nada más. Esos eran los planes que tenía para Gruñón. Y para sus hermanos, una vida algo más confortable, pero con la misma condición de esclavos que ahora tenían. Le parecía un buen cambio para todos.

Una vez establecida la nueva situación, se casaría con alguno de esos apuestos y remilgados príncipes, de esos que tanto abundan por las tierras anexas a las de su reino. Todos estarían dispuestos a casarse con una joven bonita, dueña de un reino tan extenso y productivo. Su padre lo había convertido en el mejor de todos los de la zona. Era de suponer que su madrastra había mantenido esa condición, e incluso era posible que su patrimonio hubiese aumentado.

Para Gruñón las cosas eran distintas. No quería demasiados cambios en su vida. A pesar de los inconvenientes, todo estaba bien. Sus hermanos portaban cadenas y trabajaban de sol a sol, pero estaban bien alimentados y tenían un techo donde cobijarse. Consideraba que no tenían razones para quejarse. Se sentía bien junto a la muchacha, y a pesar de las rabietas, podía decirse que estaba enamorado. Trataba de dar largas al asunto que rondaba la cabeza de Blancanieves, aunque no sabía si podría lograrlo durante mucho tiempo…

CONTINUARÁ…

¡No te pierdas el próximo capítulo de “Blancanieves frente al espejo” el día 24 de mayo!

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Fuente de las imágenes: http://www.blog2k.com.ar/blanncanieves-se-encamo-con-los-enanos/

Fuente del video: http://www.youtube.com/watch?v=C4_zaZ3utUY

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