Blancanieves frente al espejo IV. Final

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Ésta es la cuarta parte y final de una historia cuyo primer capítulo se publicó el 21 de mayo….
Al segundo día de estar instalada, Blancanieves recordó que necesitaba un marido.  No uno cualquiera. Debía amoldarse a sus exigencias y temperamento. Comunicó a todos los reinos de los alrededores que había vuelto a casa, y que aun permanecía soltera. Una joven tan bella no tardaría en tener pretendientes. Y así fue. A los pocos días comenzaron a frecuentar el castillo jóvenes de múltiples lugares. Todos cortejaron a la princesa, pero ninguno acababa de convencer a la muchacha. Cuando el tema del marido comenzaba a preocuparle, pues cada vez eran menor el número de jóvenes que se acercaban a probar suerte, apareció el adecuado. Se presentó como el heredero de uno de los feudos más grandes que pudieran encontrarse por aquellas tierras. Sólo tenía un inconveniente: era viudo. Además, fruto de su antigua relación, traía consigo una niña de unos quince meses. Blancanieves vio en aquella niña la joven que ella mismo fue antaño. Por un momento, su corazón empezó a reblandecerse como un caramelo al sol.

Ese príncipe se llamaba Rufus. Era fuerte, apuesto y guapo, hasta para Blancanieves, que era más que exigente en ese aspecto. Sus modales eran demasiado afectados, hasta rozar lo afeminado, lo que no le capacitaba para ser un gran amante, pensó la joven. Seguro que Gruñón le daba mil vueltas. Pero era el mejor candidato, el mejor que había podido encontrar.

Enseguida se fijó el día de la boda.  Todos los nobles de la zona vinieron al casamiento de los jóvenes. Sólo se recordaba una boda de mayor importancia, la de los padres de  Blancanieves. Todos comentaron el gran parecido de la muchacha con su madre, muerta de unas fiebres cuando ella apenas tenía tres años.

La celebración duró una semana entera. Acabaron extenuados, especialmente la servidumbre, que tuvo que lidiar con las exigencias y el carácter de la joven, ordenando y disponiendo a diestro y siniestro. Se sirvieron las mejores comidas y se organizaron múltiples eventos. Juglares y bufones se acercaron a probar suerte, tratando de complacer a los nuevos esposos y buscando quedarse en el castillo. Entonces todo acabó. La rutina y la calma volvieron a ser las dueñas del día a día.

Después de todo el ajetreo, Rufus y su hija regresaron a su antiguo castillo, junto a los abuelos de la niña, para despedirse de todo lo que había sido su vida anterior. A partir de ahora vivirían muy lejos de allí, y los viajes serían contados. El anciano matrimonio no vería crecer a la pequeña. Estaban tristes. La antigua servidumbre también acusaría la ausencia, ya que Rufus era un noble justo y atento con sus siervos.

Mientras tanto, Blancanieves había decidido cuál sería la habitación en la que dormiría junto a su marido, incluso el papel de éste y su hijastra dentro del castillo. Ya estaba planificado el día a día de los dos. Sus atribuciones estarían claras y se las haría saber a su llegada.

Entró decidida en los que hacía bien poco habían sido los aposentos de su madrastra. Acercándose al espejo que había colgado a los pies de la cama dijo: “Espejo mágico, espejo mío, ¿hay alguien en mi reino más bella que yo?”. El espejo respondió: “No hay en el mundo entero mujer más hermosa”.

Blancanieves esbozó una sonrisa complacida. Mientras, Gruñón observaba divertido desde la cama, desnudo y algo cansado.

FIN

Fuente de la imagen:
Blog Cartoninonline

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