Blackthorn, sin destino

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Los años pesan y el calor azota. La expresiva mirada de Sam Shepard se clava en el horizonte. Es tiempo de reflexión. Es tiempo de arrepentimiento.

Blackthorn, sin destino es una película nostálgica por su historia y todo lo contrario por su género. Nostálgica por esa sensación de tristeza, siempre romántica, del protagonista, de que hubo tiempos mejores. Y “todo lo contrario” porque algo ha cambiado en el western español y durante 98 minutos los espectadores se regocijan con ello. Es un gran momento porque no estamos ante un chorizo western, y Mateo Gil demuestra que podría hacer una película de galopes y revólveres. Digo podría, porque el buen western siempre va más allá. Detrás de los tipos duros, los áridos desiertos de sal o el ruido de las espuelas; el espectador atento descubre el verdadero significado de este universo simbólico. Blackthorn expone de manera inconfundible reflexiones acerca de la libertad, la lealtad, la justicia y el paso del tiempo. Esta última sería la raíz a partir de la cual se desarrolla una historia con flashbacks incluidos que nos transportan a aquellos tiempos gloriosos en los que el bandido Butch Cassidy campaba por Bolivia a sus anchas, robando trenes y bancos. Si el paso del tiempo es la raíz, aquellos años son la semilla necesaria para que la historia cobre sentido.

Durante los primeros minutos del metraje es posible que más de uno se sienta confundido y llegue a pensar que la historia, haciendo honor a su título, no tenga destino alguno. ¿Dónde están los grandes duelos?, ¿las espectaculares entradas en los bares?, ¿las partidas de poker?… No están. Como decía, eso quedó atrás. Y una vez superado esto, el público podrá abrir sus sentidos y disfrutar de esos penetrantes e inolvidables aromas que también desprendieron en su día cintas como Sin perdón, cocidas a fuego lento, que saben mejor.

El paisaje boliviano ofrecía mucho juego, y Mateo Gil ha sido capaz de orquestar a su equipo artístico para sacarle un gran partido. Cada fotograma se consolida como un respetuoso homenaje a los grandes clásicos del oeste que marcaron el patrón del género.

El elenco principal, formado por Sam Shepard, Eduardo Noriega y Stephen Rea, funciona a la perfección como tres grandes piezas que encajan en un sencillo puzle, cuyo resultado final es reafirmar los valores de un género que se creía perdido o que en España nunca se llegó a entender.

Me apuesto una cena a que la desgarradora última escena de Eduardo Noriega, pasará a formar parte de la historia del cine. ¡Hagan juego!

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