Bites, papel y caña. Crónica de libros

0
210

El cuarto domingo de octubre se celebró la tercera edición de letras a la calle, una lectura simultánea de poemas en calles y plazas de pueblos y ciudades del mundo, en esta ocasión en Coruña, Barcelona, Bustarviejo, Caracas, El Vellón, Gijón, Girona, Granada, La Cabrera, Lima, Madrid, Málaga, México D.F., Namibia, San Francisco, Sevilla, Valladolid y Villavieja. Convocaba de nuevo Pepe Olona en nombre de  Arrebato, la librería de lance que regenta en Malasaña (y que acaba de estrenar web con una ingeniosa portada: www.arrebatolibros.com), dando continuidad a su afán promotor de actividades poéticas, sin otro ánimo que el de sacar a flote la literatura que navega bajo las aguas.

Por su parte, a finales de ese mes, Juan José Millás incrementaba su larga lista de títulos (noventa y seis sin contar éste) inscritos en el ISBN, por lo que anduvo presentando su Laura y Julio por algunas de esas ciudades que fueron tomadas por las letras de los poetas. Iba a añadir aficionados, pero sería una redundancia. No hay poetas profesionales. Basta ver el goteo de abandonos (más que abandonos trasvases a la prosa, bendita prosa), para cerciorarse de que la poesía no da para mucho. Precisamente, uno que se mudó muy pronto es Álvaro Pombo, reciente ganador de la 55 edición del Premio Planeta con La Fortuna de Matilde Turpín. Novela ésta, que junto a la finalista En tiempo de prodigios, de la gallega Marta Rivera de la Cruz, ha llegado a las librerías en los primeros días de noviembre. Entre tanto, el editor de Acantilado sigue acercándonos autores del centro y del este de Europa. Ahora ha sacado dos nuevos títulos, uno del ucraniano Yuri Andrujovich (de quien ya publicó un ensayo en un volumen conjunto titulado Mi Europa) y otro del polaco Adam Zagajewski, que tampoco se estrena con la editorial, pues es el tercer libro que le publica. Gracias. Gracias también a Visor, la editorial que lleva tanto tiempo apostando por la poesía, y que acaba de publicar En un abrir y cerrar de ojos, de Oscar Hahn (VI Premio Casa de América de Poesía). No recuerdo si el también chileno Roberto Bolaño cita a Hahn entre sus poetas chilenos preferidos. Bolaño murió hace unos años en España, donde vivía desde hace muchos más, y es autor de excelentes novelas (Estrella distante me causó un gran impacto, tras leerla hice una anotación en mi cuaderno de campo: ¡qué bueno es el cabrón!, me da miedo pensar que hay que tener el hígado enfermo para escribir de ese modo), pero siempre se sintió poeta. Bolaño murió cirrótico y novelista. También otro todoterreno, Vázquez Montalbán, se sentía poeta por encima de todo. De hecho expresó en alguna ocasión el deseo de ser recordado como tal. Y lo es. Yo lo recuerdo así. Pepe Olona también es poeta, aunque no lo sepa más que un reducido grupo de gente, casi todos submarinos como él. El domingo 22 de octubre se reunieron quince poetas en Madrid, y se fueron a leer sus creaciones a las calles. De paso envolvieron al madroño (con su oso, claro), en una bolsa de plástico de cinco metros de alta construida con miles de pequeñas bolsas; luego empapelaron las cristaleras del Viaducto con sus obras impresas en DINA-4, y acabaron fabricando flores y aviones de papel con las restantes para arrojarlas desde la plataforma abierta de un autobús turístico al que se subieron para recorrer Madrid, todo ello bajo el aguacero que ése día nos regaló el otoño. Letras a la calle y libros para las bibliotecas. La Comunidad de Madrid anunció en estos días un ambicioso Plan de Fomento de la Lectura, que prevé entre otras cosas la adquisición de ocho millones de volúmenes. Falta hace. Los estantes están llenos de libros que se desmenuzan de tanto como se rozaron, y ya sólo sirven, si es que sirven (Los libros arden mal, título de la novela que Manuel Rivasha puesto estos días en el mercado) para encender la chimenea de Pepe Carvalho. Rivas es un gran narrador. Un excelente cuentista. Otro poeta trasvasado. Igual que Pombo (el Flaubert” español, según dijo alguien que no recuerdo), igual que Montalbán, de quien decían sus conocidos que escribía en siete ordenadores distintos. Uno para cada género, digo yo, porque lo tocaba todo. Juan José Millás también da mucho de sí, escribe de todo y hace radio. Incluso es amable y divertido. Le preguntaré por él a Rafael Reig (de quien posiblemente tengamos una entrevista para publicar en La Huella), autor de Manual de literatura para caníbales, una novela excelente y más que divertida que leo estos días. La ironía de Reig quita hierro y pone hormigón. La historia que traza de la literatura hispana no tiene término medio. Muy bien documentada, se muestra sin embargo de un modo absolutamente informal, hilarante, hiriente y hasta cruel. El hígado es el punto débil de la literatura. O el fuerte, visto lo visto. Hablaré de eso con Reig. Un apunte para terminar. En alguna de las odiosas listas de ventas (Casa del Libro) ya está Millás en la cabeza, por delante entre otros del mítico Paulo (el apellido lo puede poner el lector) con cualquiera de sus repetitivas historias de poderes mágicos, de la “incombustible” Sombra del Viento, del poco leído (aunque comprado) Muñoz Molina, del magnífico Hankell y del irresistible Auster. En fin, al césar lo que es del césar, que les paguen a cada cual su sabroso diez por ciento, y otra cosa.

Dejar respuesta