Bil’in, una lucha constante (I)

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Es jueves y estamos en el pueblo de Bil’in. Eso significa que mañana, como cada viernes desde hace cinco años, dará comienzo la manifestación que cruza la pequeña localidad agraria, recorre el camino rodeado de tierras de olivos y llega hasta el muro construido por Israel. En esta zona, el muro no es una construcción de hormigón. En su lugar, se extiende por todo el campo una dilatada alambrada convertida en frontera y vigilada por los militares israelíes. La verja divide extensas tierras de cultivo que han sido expropiadas, el muro gana terreno y cerca al pueblo, que cada vez se siente más limitado; encerrado. Durante las manifestaciones, los soldados van avisando a los activistas mediante el disparo de granadas de humo a intervalos de unos 2 minutos entre medias. Este método de disuasión es poco efectivo, pues los manifestantes ya lo conocen y únicamente han de estar atentos para no recibir el golpe en la cabeza de una de esas granadas. Aun así, ya han muerto varias personas. Los heridos se cuentan por centenas, acabando varios en silla de ruedas.

Pero para llegar a mañana, todavía queda una larga noche en la que uno no puede dormir. Desde hace unos años, en Bil’in se han establecido turnos de guardia entre la población para vigilar la zona por las noches. Situados en puntos estratégicos, como son los tejados de determinadas casas o escondites a las orillas de la carretera, esperan toda la noche por si los soldados israelíes deciden entrar de madrugada al pueblo. En estas incursiones militares imprevisibles, el ejército detiene a la población que considera conflictiva. Con movimientos silenciosos, entra en sus casas y se los lleva con discreción para que el pueblo no se alarme. De ahí los turnos de vigilancia. Con estas tácticas, los palestinos controlan precariamente la noche. Así pueden actuar de forma rápida en ayuda de sus vecinos si estos están siendo detenidos. La presión que ejercen al ir a ayudar y, sobre todo, la grabación con cámaras que realizan constantemente para que existan pruebas, consiguen a veces la retirada del ejército a sus posiciones sin ningún palestino entre sus manos. Ya son más de 100 los detenidos desde 2008 con este tipo de redadas.

Hoy por la noche estoy en uno de esos puestos de vigilancia. Los habitantes de Bi’lin cuentan además con el apoyo del International Solidarity Movement. Mujeres y hombres de todas las edades y lugares vienen a Palestina con el único propósito de prestar su ayuda, aunque sea mínima. Tras reunirnos y organizarnos en grupos, cada sección parte hacia su puesto de vigilancia. Yo estoy en uno a las afueras del pueblo. Desde él, se divisa a lo lejos el puesto militar israelí, al otro lado de la alambrada. En la oscuridad, se ven sus fogatas, puesto que ellos también tienen sus deberes nocturnos. Una carretera atraviesa la colina en la que estaremos mañana, y en ella se ven periódicamente luces de coches que van y vienen. Ellos están despiertos. Nosotros también. El silencio es absoluto. Cualquier ruido podría distraer la atención de los vigilantes, que saben bien de los sigilosos pasos que dan los militares en sus operaciones nocturnas. Son las cuatro. No hay nada. No pasa nada. De pronto suena el teléfono móvil de alguien en nuestro puesto. Hemos de abandonarlo porque hay un aviso: se han oído ruidos al otro lado del pueblo y tenemos que ir a ver qué sucede. Es posible que hoy haya incursión. Salimos corriendo hacia el lugar desde el que provenía el aviso. Nos encontramos con otro grupo. En silencio y escondidos, vigilamos la carretera. Parece que hay sombras al final, entre las casas, pero no es seguro. Finalmente, tras muchas idas y venidas, se confirma que es una falsa alarma. Va a amanecer. Los grupos se retiran a dormir algo.

A la mañana siguiente, con un sol radiante, el ajetreo en la calle principal es monumental. Aunque la manifestación sea una constante durante todos los viernes del año, suele acudir gran parte del pueblo. Y todas son como si fuese la primera. No existe el cansancio cuando crees en la justicia de unas ideas. De hecho, desde principios de este año el ejército ha empezado a modificar la valla, cediendo terreno a los palestinos. Una pequeña victoria, al menos. Aun así, las manifestaciones se siguen celebrando. Son muchos los olivos arrancados y es mucho terreno el que se mantiene al otro lado de la verja.

Pancartas en recuerdo de Bassem Ibrahim –asesinado en una de estas manifestaciones en abril de 2009- y banderas de Palestina son los símbolos que lideran la marcha. A la cabeza van jóvenes en silla de ruedas, demostrando la falta de miedo que corre por sus venas. Los periodistas internacionales, que ya conocen de qué va el tema, portan máscaras anti-gas. Es habitual la presencia de activistas israelíes, pertenecientes a Anarquistas Contra el Muro.

Nos recomiendan que llevemos protección para la cara, como el pañuelo palestino. Asimismo, tenemos que guardar en el bolsillo un pequeño ajo. Los dos consejos sirven a la hora de ver las granadas de gas lacrimógeno. Éstas expanden una humareda con los siguientes efectos: colapso de la respiración, extremo acaloramiento facial, lloros y picores continuos. El gas se adentra en tu cuerpo y engaña al cerebro, haciéndole creer que no puedes respirar, lo cual consigue bloquearte. Oler algo fuerte te hace volver a la realidad, desbloqueando tu mente. Es importante no rascarse la cara ante los picores por muy insoportables que éstos sean. Tampoco tocarse los ojos. El sábado pasado estuvimos en la manifestación, habíamos seguido estos consejos y nos había ido bien, por lo que repetiríamos en su seguimiento.

Con todo, empieza la acción. La marcha avanza hacia el muro coreando en árabe e inglés diferentes consignas exigiendo un Bil’in libre, denunciando al Estado de Israel por sus múltiples violaciones y reclamando una voz que la sociedad internacional les ha negado. Se sabe de antemano que al llegar al muro no se podrá cruzar, puesto que al otro lado los militares siempre cortan el paso. Pero eso no importa. Es el carácter simbólico de la manifestación lo que mueve a estas personas a reunirse cada semana. Es su manera de hacer presión, de hacerse notar, de decir “seguimos vivos, estamos aquí golpeando y no nos vamos a ir”.

Mientras atravesamos el camino que cruza el campo de olivos se ven centenares de granadas por el suelo, restos de otras manifestaciones. Nos acercamos a la infinita alambrada sin ver a ningún militar por los alrededores. El puesto fronterizo parece estar vacío. Los típicos avisos intermitentes no se han dado. No hay nadie. Esta situación hace crecer el orgullo de los manifestantes, que corean más fuertemente. Sintiéndose victoriosos, algunos activistas zarandean la alambrada intentando romperla. Son varios minutos en los que no hay ninguna respuesta a nuestros actos. Se intuye algo extraño en el ambiente.

De repente, sin que nadie se dé cuenta, suenan decenas de disparos simultáneos desde el otro lado de la valla. Son ráfagas incesantes. Nadie ha visto a nadie disparar. Una lluvia de bombas de humo nos ciega a todos los allí presentes. Es demasiado tarde para nada. El caos ha entrado en escena. Se oyen al mismo tiempo disparos de balas de goma. La eterna niebla me impide abrir los ojos, que noto muy llorosos. Me resisto a tocarme la cara. El picor es insoportable. Siento un calor abrasador en toda la piel y casi no puedo controlar los impulsos por rascarme y aliviar mi dolor. No obstante consigo frenarlos. No dejo de moquear. Ha sido todo tan rápido y en tanta cantidad que no he podido reaccionar a tiempo. Mi mente está completamente bloqueada. Me asfixio y me cuesta respirar. Abrir la boca para gritar me resulta muy complicado, pero grito. Grito pidiendo ayuda porque me encuentro de rodillas en el suelo, con los brazos protegiendo mi cabeza para no ser el objetivo de ninguna granada perdida, ya que cuando caen del cielo saltan locamente hasta que se asientan en un punto fijo. Las sigo oyendo caer a mi lado. También oigo, sin escucharlos, otros gritos y muchos pasos que corren huyendo, pero no veo nada. Por fin, un compañero me escucha, me recoge y me tranquiliza. Me lleva a un sitio seguro, donde está el resto de la manifestación, que tras la huída se ha refugiado en la entrada del pueblo. Allí me recupero. Sentado entre olivos, veo como los niños de la aldea lanzan hondas a los militares. Los chavales tienen más puntería de lo que uno esperaría. Los soldados contestan disparando fuego real, pero aun así les cuesta disuadirlos.

Ha sido cuestión de minutos, nada más. Parecía eterno. La sensación de angustia, el bloqueo mental. Cuesta ser consciente de que los efectos son psicológicos y sólo debes mantener la calma. Esta vez la respuesta israelí a la manifestación ha sido severa, contundente, con el objetivo de dar por concluida la broma. La semana que viene habrá más. Aquí y en Nil’in, pueblo cercano en situación similar. De momento, esta tarde nosotros dejamos Bil’in. Pronto iremos al sur, a la ciudad de Hebrón. Nos han dicho que allí la situación es también muy complicada…

Para hacerse una idea de lo que es la situación en esta aldea, ver los siguientes videos: http://www.bilin-village.org/english/videos/

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