Besondere

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Para aquellos que lloramos la marcha de Guti, que siempre tendremos en el corazón a Zidane y que nos enrabietamos por disfrutar al ver jugar a Messi, llegó desde tierras alemanas un ciclón futbolístico que se materializó el día de mi cumpleaños.

Özil fichaba por el Madrid el 17 de agosto de 2010. A eso de las 7 u 8 de la tarde, abandoné la habitación del hotel de Sagaró para ver las felicitaciones que mis amigos se habían esforzado tanto en dejarme en el tuenti. Todo muy bonito, precioso, como siempre carente de naturalidad, pero entonces, como buen neandertal que disfruta el día a día de los fichajes, me metí en varios periódicos deportivos y leí la noticia, esa que en Madrid despliegan por todo el ancho de la pantalla. Por fin, Özil había sido fichado. Durante varios días atrás, me había propuesto desgastar el desayuno mediante una breve caminata por el paseo marítimo. Las tablas hervían si pretendía no llevar calzado, y el sol salía con una máscara de nubes que acabaría abandonando. Mientras, yo caminaba hasta la tienda que aparte de mil mejunjes y demás productos de playa, tenía prensa y una alta proporción de hombres de las cavernas entre los que yo asomaba. Lejos de esa pegajosa manta que arrastra a casi todos los guiris y a buena parte del combinado español, yo me limitaba a hojear en los periódicos deportivos las novedades de los fichajes. Si yo perteneciese al paleolítico por esta afición, seguramente sería el típico chamán o brujo que no está tan introducido en las características de su especie.

Meses antes, mientras aún se disputaba el Mundial de Sudáfrica, mi padre, que desde pequeño me transfirió la capacidad para atrapar jugadores especiales, me habló de uno bastante singular que militaba en la selección alemana entre las moles rubias e inexpresivas. Así, en uno de tantos días de fútbol a media tarde, Alemania pasaba por encima de Inglaterra mientras yo esperaba la comida en casa de mis yayos. Como siempre, el reloj marcaba una hora indecente para el menú de un estómago que quería ahorcarse con el intestino delgado, y los bávaros destrozaban a los ingleses en cuatro internadas de empuje animal y destreza de Özil. La impotencia se palpaba en el ambiente ante un gol que sólo fue concedido en un universo paralelo y más racional que éste.

Con el jugador alemán en mi retina, se pasó el campeonato y los rumores supusieron como siempre el fin del periodismo propiamente dicho. A pesar de tanta noticia que le situaba en uno u otro equipo, Özil aterrizó en Madrid con su peculiar y permanente cara de recién levantado. Ojos pequeños y saltones subían sujetos por dos sombras que al finalizar cada partido se tornaban rosadas. Una habilidad demoníaca que también le aporta originalidad. Un físico desgarbado que entonaba melodías de hip hop en idiomas satánicos, un susto eterno en un rostro atípico, rociado con una amplia gama de rasgos otomanos.

Los primeros partidos (dos como mucho), Özil pasó más desapercibido. Notaba el fuerte empuje de nuestro clima mediterráneo acostumbrado a los gélidos mecimientos del viento alemán. Acababa cerca del coma corporal cada partido y siempre terminaba sustituido por cansancio. Aun así, el jugador parecía empezar a levitar mientras los demás se preocupaban por andar o correr. Un joven que nació en Alemania hace 22 otoños pero que por suerte tuvo como protagonistas de su concepción a un hombre y una mujer turcos. El cuadriculado cerebro de los alemanes, que se puede ver en fieras como Müller o Ballack, parece haber pasado desapercibido en Mesut. La entrega y la lucha si proceden de allí arriba, pero su elegancia y visión de juego se quedan en territorio turco. Gracias.

Desde que empezara a acostumbrarse al país y al juego, ha tenido protagonismo en todos los partidos. Cuando el equipo piensa con lógica y echa mano de algunas fuerzas extraterrenales significa que el jugador ha tocado el balón. Más que tocar, Özil mima la bola con el cuidado de quien juega al fútbol con un esférico de cristal. Zidane dejó ese legado en los pies del alemán cuando se hartó de acaparar toda la clase.

El partido frente al Ajax supuso la forja de la pasión por él desde las gradas y los sillones, y Cupido se ha encargado de vaciar su carcaj estos últimos meses. Cuando Guti dejó la casa blanca para convertirse en la estrella que se merecía en el Besiktas, el jugador alemán siguió las pautas del de Torrejón para saber ralentizar el tiempo y ver todo antes que el resto. Aquellos huecos que Guti se inventaba y que acababan existiendo se han quedado en el Bernabéu, y el encargado de verlos ha sido Özil.

Al iniciar Mesut las arrancadas, el polvo se arremolina a su alrededor gracias al batimiento de las alas que le facilitan la capacidad de galope. La forma de driblar y deshacerse de enemigos que le superan en número suele ser su especialidad, sobre todo si está arrinconado y el único remedio es el suicidio.

A Özil siempre se le ha visto tímido. En el campo no destaca por su presencia ruda o hambrienta. Aparentemente no es un futbolista. No tiene el cuerpo fornido y fútbol en sus botas. Él tiene duende y una sobredosis de magia. Todos recordamos a los típicos jugadores que con portento físico y movimientos brutales desmontan una defensa y dejan con potencia su huella en la red rival. Véase CR7, que tiene todas las capacidades de un futbolista cuando se quita el disfraz de gladiador. Pero Mesut se ha desprovisto de banales envoltorios de testosterona para dejar paso a un amplio repertorio de movimientos de varita.

Creo que Özil es hoy en día la figura que me proclama como un seguidor poco habitual. A falta del lesionado Higuaín, al cual idolatro desde que la portería se le convertía en una de waterpolo, el alemán ha nutrido mi forma de ver el fútbol añadiéndole ese toque que otros no pueden tener. Veo en él algún tipo de símbolo que tiene nombre entre mucha cotidianeidad, en todo los sentidos, y esa clase de criaturas merecen un sitio especial. El otro día, cuando se consolidó como un ídolo para cualquier persona inteligente, Özil besó el escudo del Madrid tras celebrar una jugada que acabó con una floritura pictórica. Sentí un orgullo increíble que no esperaba por mi falta de fanatismo barato, un orgullo por la existencia de jugadores que dan al deporte sentido y un carácter diferente, un orgullo porque alguien así esté en mi equipo. Se ve que en él todo es permisible. Si alguien tan especial es capaz de hacer algo tan terrenal, será porque tiene que ser así. Será porque es sincero de verdad. Por eso, yo lo disfruté con una sensación que no olvidaré. Puede que fuera falso, pero a veces me encanta ser ciego.

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