Berlusconi, ¿this is the end?

0
239

A las 17.43 del 27 de noviembre, el Senado italiano votaba la expulsión de Silvio Berlusconi, con la consecuente pérdida de la protección parlamentaria. Los senadores votaron lo que técnicamente, en italiano, se llama “decadenza”, término premonitor, muy apropiado en este caso concreto y que podría augurar la decadencia de Berlusconi. El ex presidente decae por una ley aprobada por el Gobierno Monti e impulsada por Beppe Grillo, que desde años promueve la expulsión del Parlamento de aquellos que cuentan con una condena firme.

En las últimas semanas, Berlusconi ha hecho todo lo posible para no perder su tesooro, la inmunidad parlamentaria. Pidió un indulto presidencial, un nuevo juicio (presentando nuevas pruebas cuya validez ha sido cuestionada desde el principio) e incluso intentó provocar la caída del Gobierno Letta, forzando nuevas elecciones. Le duele pensar que ahora es un ciudadano como los demás y que esta vez ser esposado podría no formar parte de un juego erótico.

Berlusconi. Foto cedida por segnale orario, vía flickr.Debería estar alegre, pero no lo estoy del todo por una serie de razones. En primer lugar, confieso sentir profunda tristeza por la ignorancia de parlamentarios y ciudadanos  participantes en la manifestación de apoyo a Berlusconi: tachar la condena de golpe de Estado, comparar la figura de Berlusconi con Matteotti o usar la trágica imagen de Aldo Moro parecen actos innobles, que demuestran tan poco conocimiento de la historia italiana, su uso abusivo y distorsionado. Siento vergüenza ajena por la virulencia de los presentes (“invitados” con el viejo truco del autobús pagado, bocadillo y merchandising gratis) y por las banalidades y vulgaridades de los políticos cercanos a Berlusconi. Y si el cavaliere (pronto ex) padece una irrefrenable “tendencia a delinquir”, como señala la sentencia del caso Mediaset, sus lacayos sufren una irresistible tendencia a mentir y manipular la realidad, ofendiendo la inteligencia de los italianos. Los jueces convertidos en brigadistas, el condenado en un mártir, la excepcionalidad del sujeto, forman parte de una retórica tan manida como fantasiosa. Asimismo, me confunden las palabras de su novia pidiendo la mediación de Papa Francisco, que este escuche la tragedia de Silvio: ¿se apela a la intervención divina?

Y por otro lado, podría ser demasiado pronto para cantar victoria, ya que el condenado no plantea en ningún momento desaparecer dignamente de la escena pública. Demasiados epitafios, réquiem o “necrológicas” se han escrito anunciando el final político de Berlusconi. Dar prematuramente por acabada “la era Berlusconi” puede ser un peligroso error de cálculo. En diferentes discursos, el condenado ha confirmado que no desaparecerá de la política e intentará condicionar la vida pública italiana. Y, aunque Forza Italia se parece cada vez más a Farsa Italia, arropará su líder y le seguirá hasta el báratro y más allá. Y mientras estará realizando los servicios sociales, utilizará sus televisiones y su poder económico para seguir su actividad política.

La expulsión del Senado ha sido humillante y degradante. Ha sido una victoria de las reglas democráticas, del Estado de Derecho y de la Ley con mayúscula. Me gustaría pensar que así concluye una de los peores capítulos de la política italiana, pero tengo la impresión, como afirma una inteligente viñeta italiana, “el dueño pasa, los siervos quedan”. No se debe dar por cerrada la etapa berlusconiana, imaginando a la vez de eliminar una anomalía que ha durado dos décadas. Hace falta un examen crítico sobre lo que ha pasado. Queda extirpar el berlusconismo, esta degradación socio-cultural que aflige al país, una herencia política y cultural que obligan a Italia a un atento examen de conciencia. Berlusconi ha sido el producto de la actual sociedad italiana. Ha dominado la escena pública nacional, mientras sus intereses económicos condicionaban su actuación política. No obstante el fenómeno Berlusconi no se explica sólo en virtud de su habilidad propagandista, de su presunto carisma o de la aplicación de la mercadotecnia a la política.

Berlusconi ha sabido conectar con una parte de la sociedad italiana, formando unos electores fieles y dispuestos a perdonarle todo. El éxito político de Berlusconi es fruto de la situación de Italia de los últimos veinte años, producto de una cultura patrimonialista y de una gestión clientelar de las actividades socio-económicas. Es el resultado de una actuación sin escrúpulos, dispuesta a sacrificar los valores éticos al altar del Dios dinero. Ha conseguido crear un ejército de fieles súbditos y cortesanas, de aduladores y cómplices, mientras los ciudadanos, lejos de criticarle, anhelaban entrar en el círculo. Se va del Parlamento, pero no de la política, en pie de guerra más dañado pero no menos peligroso. Ante un personaje tan controvertido e histriónico , fuente inagotable de sorpresas, demasiado prematuro cantar “This is the end, my only friend, the end”.

Dejar respuesta