Belong to Jesus

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“Belong to Jesus”, cuando Harvey leyó esta frase en el pecho de la camiseta interior de Kaka, le provocó gracia, incredulidad, pasotismo.
En esos momentos, no sospechaba que aquello volvería a su cabeza pocos días después de una manera mucho más cruel.
Todo comenzó dos semanas antes, un pueblo, unas fiestas, muchos bares, muchas ganas de salir, beber, el rollo de siempre. Harvey y su amigo Peter descansaban en la casa de este último; por un momento, el letargo de Peter se rompió, desvelado, pero sin ningún interés por tomar una posición vertical, se acordó de Susan, “bueno, la mandaré un mensaje, total no va a venir”. Poco tiempo después, una llamada inesperada
lo cambió todo, era Susan: “oye, que voy con dos amigas, en media horita estamos allí”.

Harvey no la conociá y circunstancias de la vida, o no, todavía recuerda el primer momento en que la vio, no fue romántico, ni de película, no fue un flechazo, ni siquiera una atracción espontánea, pero por algo que muchas veces se escapa a la mente humana, aquella primera imagen de Susan entrando en el salón de Peter, con sus gafas, sus pantalones por encima de las rodillas, su camiseta color crema y su melena rubia quedo grabada con fuerza en la mente de nuestro protagonista.

Después, cervezas, anécdotas, cena, algún que otro streeptease, risas y más risas.

La relación, hasta ahora de amistad, entre Harvey y Susan, iba tomando forma, un improvisado vodevil durante la cena, simulando ser una pareja, fue la antesala y la mejor disculpa de Harvey para continuar posteriormente con el juego. Desgraciadamente cuando él empezaba a sentir algo y más importante aun, cuando podía percibir que este alteramiento amoroso-hormonal podría se estaba produciendo también en Susan, ésta, tuvo que marcharse, por suerte para nuestra historia, lo hizo después de darle el teléfono, e instarle a que la llamará días más tarde para, si así lo deseaban, conocerse un poco más.

Al día siguiente, Harvey sentía un tonto e inexplicable cosquilleo en el estómago, “pero si la conozco de unas horas y ni siquiera nos hemos besado, no lo entiendo”, asombro y sorpresa, rondaban por su cabeza.

El domingo pasó lento entre garrafas de agua, deporte y comida basura,el lunes duró lo que tarda en llegar el Martés; a Harvey se le hizo largo, el revoloteo seguía ahí y las ganas de hablar con ella y descubrir si este despertar sentimental era algo mutuo afloraban con intensidad.

No aguantó más, el martes, se armó de valor y tras pedir consejo a Tiffany, su prima y consejera; marcó su número. La conversación denotaba dos personas tímidas, que apenas se conocían, pero que tenían la sensación de que querían hacerlo, necesitaban volver a verse y comprobar si aquello podía llegar a algo. Poco a poco el diálogo fluyó; no les era fácil volver a verse, dos ciudades alejadas, trabajos, padres, limitaciones económicas; todo dio igual, las ganas de comprobar a donde les llevaría esa aventura, pusieron de su parte.

Cuando colgó el teléfono a Harvey le invadió esa risa boba e imposible de hacer desvanecer que en ocasiones tenemos los humanos.

El resto de la semana pasó como otra cualquiera, la rutina se veía atemperada por la ilusión de la cita, las ganas de sentir de nuevo algo por una mujer, sobrevolaban asiduamente su mente.

Por fin llegó el día, en el coche durante el viaje, el cosquilleo aumentaba de manera imparable, ¿qué sentiría al verla?, ¿cómo le recibiría?, pronto sus dudas se fueron disipando. Un beso en la boca como primera toma de contacto, relajó bastante la situación y a partir de ahí, todo fue maravilloso, parecía que llevaban juntos toda la vida (pero con la ilusión del primer día), paseos agarrados de la mano, espontáneos besos en la mejilla, risas, historias; ambos disfrutaban con lo que veían y oían, se daban cuenta de que aquellas repentinas ganas de volver a verse eran reales, se sentían bien, a gusto, como pocas veces antes lo habían estado.

La noche apareció pronto, el tiempo para ellos pasaba volando entre besos (cada vez más largos) y sobre todo una enfermiza sed de conocer todo sobre la otra persona en el menor tiempo posible. A altas horas de la madrugada, Harvey se quedó en su hotel no sin antes regalarle a Susan una última sonrisa.

Al día siguiente, algo normal y cotidiano como un campo, una toalla y una sombra, sirvieron para hacer de aquel, un día realmente especial, no necesitaban nada más.

Sus corazones parecían desearse desde hace mucho tiempo. Así embobados el uno con el otro, merendaron besos y caricias durante toda la tarde. El atardecer cubrió el cielo y Harvey hubo de marchar, Susan también debería hacerlo a su lugar de trabajo, la despedida mezcló alegría y tristeza, todo había ido realmente genial, iban a volver a verse, lo deseaban, pero la pena por no poder estar más tiempo juntos les atenazaba.

Durante el viaje, Harvey comprobó que algo fuerte e imparable nacía en su interior, sus deseos de llegar y llamarla, de que las dos próximas semanas pasaran veloces, eran emocionantes demostraciones de este nuevo sentimiento que comenzaba a brotar.

Soñar despierto, era una de sus mayores aficiones, así, pensando en viajes, sorpresas, situaciones bonitas e inesperadas, pasaba Harvey las horas, con la mente absorta. Los días se sucedían rutinariamente, pero daba igual; los problemas aparecían, pero no arrasaban como era habitual, su frágil autoestima; se comía a bocados cada segundo deseando que llegara la media noche para hablar con ella antes de acostarse, largas conversaciones, de absurda temática y con un claro halo de enamoramiento mutuo disipaban cualquier contratiempo y les ayudaban a enfrentarse a la noche con una sonrisa en los labios.

Así pasó el tiempo hasta que por fin el esperado reencuentro se produjo con un abrazo que parecía significar: “por favor no vuelvas a marcharte”.

A diferencia de la primera vez, pocas dudas había ahora, ambos sabían que querían estar juntos, que debían seguir conociéndose, pero que, o mucho se torcían las cosas o aquello era algo con visos de permanecer mucho tiempo inamovible en sus corazones.

Cervezas, música, terrazas y sobre todo besos, besos y besos, un imán parecía atraerles (saben ustedes esos típicos pesados que se sientan en una terraza y no se separan, que al final les dices: “¡¡iros a un hotel!!”), así estaban ellos, enganchados como dos quinceañeros que empiezan a descubrir las bondades del amor.

La noche acabó pronto, no les apetecía alargarla, preferían estar tranquilamente y aprovechar para oírse, escucharse, tocarse, a su alrededor no se precisaba nada mas.

Horas después les despertó un radiante sol, un desayuno rápido, una visita turística, una exposición, gestos complicidad, abrazos espontáneos.

Sin saber muy bien porque, cuando todo iba “viento en popa”, cuando la felicidad invadía sus rostros, una pregunta lo cambió todo,

-“¿Qué opinas tu de política?”, pregunto Harvey

-“No me gusta hablar de eso, pero me parece que soy muy distinta a ti” contesto ella.

-¿Y tu sobre la religión y la iglesia?”, replico Susan

-“Buff, ateo redomao, pero bueno, respeto, eso si, no puedo entender como la gente sigue apoyando a la iglesia en los tiempos que corren y con la cantidad de tonterías que dicen el Papa, el otro y el de más allá”, la contestación de Harvey, empalideció la ya de por sí bastante blanquecina piel de Susan, a partir de ese momento la situación cambió, tras un primer momento de risas acerca del antagonismo de sus creencias, la conversación fue derivando en aspectos tales como:

-“Y si esto va bien, y si nos casamos, luego vendrán los niños, y yo los bautizo, y los domingos a misa” afirmaba sin pestañear Susan.

-“Pues tendríamos un problema, porque yo no estoy bautizado, no he tomado la comunión y así quiero que crezcan mis hijos, dándoles a elegir y no metiéndoles ya desde pequeñitos en la secta esa que tenéis formada, cuando ellos crezcan, si así lo quieren, pues que tomen la comunión, la confirmación y lo que quieran, yo los respetaré”.

Lo que parecía un contratiempo se convirtió en un problema. La indescriptible cara de Susan cuando Harvey preguntó “¿No serás del opus, no?, acabo por alimentar cada vez con más motivo la opción de dejarlo todo en ese momento. Ninguno de los dos querían, estaban enamorándose, necesitaban estar juntos y sabían que aquello podía llegar muy lejos.

Susan reiteraba una y otra vez que si seguía viéndole seguiría pillándose y enamorándose y Harvey incluso sospechaba que él, ya lo estaba.

-“Si seguimos y esto va bien, tendremos muchos problemas, somos demasiado distintos y demasiado radicales como para ceder, quizás sea mejor dejarlo ahora que nos haremos menos daño” opinaba Susan.

-“Puedes tener razón, pero yo no soy capaz, te miro y no puedo, siento que quiero besarte y abrazarte, no tengo cojones para irme” se sinceraba Harvey.

La tarde avanzaba, y pensándolo fríamente ambos sabían que lo mejor podía ser abandonar a tiempo.

Guiados por la luna, por unos sentimientos a flor de piel y por unas cuantas cervezas, pasaron una noche más juntos, durante unas horas, todo pareció olvidarse, cualquier cosa parecía tener solución y la vida les volvía a sonreir.

Nada más lejos de la realidad, con los primero rayos, el cosquilleo de Harvey, se convirtió en un fuerte dolor fruto de la angustia y la desazón, ninguno quería creérselo pero internamente sabían que esa sería la última mañana que amanecerían juntos; pronto llegaron los primeros llantos.

Ambos debían volver, tenían todo el domingo por delante, pero diversas obligaciones les hacían separarse, ya lo sabían, hablaron de ello antes de quedar, pero nunca pudieron pensar que sucedería así; unos brazos rodeando el cuerpo del otro, un último beso, un último mimo, una última palabra bonita. Quedaron en hablar días después, pero su subconsciente les decía que aquello era una despedida.

En una última conversación antes de marchar, Harvey dijo:

-“No lo puedo entender, me niego a asumir que una creencia sea capaz de acabar con algo tan bonito, mi cerebro no es capaz de aceptar que esto tenga que terminarse, no quiero, joder, no lo acepto”

No pudo continuar, le pidió por favor a Susan que se marchara, se metió en su coche y se prometió no mirar hacia atrás, pero lo hizo; esa última imagen de Susan marchándose, mirando hacia la derecha para tomar la curva y desapareciendo sin remisión por la esquina de la calle, se le quedo grabada como aquella primera vez en casa de Peter.

Al llegar a su casa, Harvey no soltó el teléfono, necesitaba pedir consejo, familiares, amigos, etc, todas las opiniones eran validas y en su gran mayoría le encerraban irremisiblemente en la cruda realidad.

Tres días después, como estaba previsto, volvieron a hablar, debían tomar una decisión, Susan parecía tenerlo claro, había llegado (no sin sufrimiento) a la conclusión definitiva, era mejor dejarlo. Dijo textualmente:

-“No puedo anteponer mis sentimientos a mis creencias”

Harvey sabía que era lo mejor, pero no podía soportarlo,

-“Si hace falta me caso por la iglesia y bautizo a mis niños, pero tu también tendrás que ceder en algo”, argumentaba Harvey, quemando sus últimas naves.

-“No puedo, es mejor así” se reafirmaba Susan.

-“Está bien, si es así, colguemos cuanto antes, que lo estoy pasando fatal, sólo quiero que si en algún momento, en los próximos días eres capaz de poner por delante tus sentimientos y luchar por esta relación, cuentes conmigo, además, creo que deberías intentarlo, no por mi, sino por tu felicidad. Me has hecho muy feliz, siempre te recordaré”

-“Yo también a ti”

Así, entre llantos y sollozos terminó algo que comenzó sólo dos semanas atrás, algo intenso y precioso que por momentos hizo sentir a Harvey y Susan especiales.

Harvey nunca olvidará una frase: “no puedo anteponer mis sentimientos a mis creencias”, es decir: “Belong to Jesús”.

Fuentes de las imágenes:
Google imágenes

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