Bajo el manto del progreso

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Antes de convertirse en un objetivo político real, la idea de una Europa unida no era más que un sueño filosófico, digno de los más fervientes intelectuales utópicos y que se vio truncado por las dos guerras mundiales que asolaron al Viejo Continente durante la primera mitad del siglo XX.
Aun así, Europa no dejó de soñar, y supo resurgir de las cenizas de aquellos escombros que simbolizaban la inestabilidad, la inseguridad y la lucha entre una sociedad condenada a entenderse. Robert Schuman, Ministro de Exteriores francés, puso la primera piedra en la construcción de una Europa unida, una Europa estable y solidaria. Una Europa que, sin olvidarse de su pasado, mira atrás para enmendar y aprender de sus errores.

Desde que Schuman presentara su proyecto de una nueva organización del Viejo Continente en 1950, ha llovido mucho. El camino hacia una Europa unida, sólida y común no ha sido fácil, más aún cuando ha tenido que enfrentase a un panorama repleto de desigualdades sociales, económicas y culturales.

Medio siglo de construcción europea ha conseguido, no sólo el objetivo político de la paz, si no también el dinamismo económico necesario para situar a los países europeos en la cima de la competencia mundial. La cooperación entre los países miembros es el pilar en el que se sostienen las bases de esta Europa Unida. La complejidad de las sociedades y de las economías de los países vecinos ha contribuido a ello.

La ampliación de la Unión Europea sigue fomentando una nueva realidad en el panorama mundial, un escenario en el que el Viejo Continente cada vez es menos prescindible. A lo largo de los últimos cincuenta años, han sido muchos los países que se han sentido positivamente atraídos por los objetivos de este ambicioso proyecto.

En la actualidad, 27 son los países que conforman esta Unión de sociedades, economías y culturas, que no pretende comprometer la riqueza cultural o lingüística de sus países si no generar un crecimiento económico basado en las características regionales y en la rica diversidad de tradiciones y culturas. Las dos últimas incorporaciones de Rumanía y Bulgaria en 2007 así lo acreditan. Nuestros países vecinos, surgidos a partir de la desaparición de los antiguos comunismos, viven con ilusión y esperanza la llegada de un desarrollo que les haga despegar y sumergirse en un proyecto europeo común.

Basilica es rumana. Llegó a España hace siete años con la intención de mejorar sus situación económica, una economía que ahogaba las esperanzas de mantener a flote la estabilidad de su familia.

Nacida en un pequeño pueblo en los bellos parajes de Rumanía, Basilica ingresó en la universidad donde se formó como profesora. Aunque era respetada por sus vecinos y ejercía la labor de la enseñanza a los más pequeños como siempre había deseado, pronto comenzó a ver cómo su economía iba mermando. Y es que el sueldo medio de una profesora en Rumanía no supera la cuantía de paro que cobran, por lo general, los españoles.

El primero en llegar a España fue su marido. Una dura decisión que se hizo inevitable por la crítica situación económica de su familia. Pero sus objetivos no se cumplieron. Dos meses después de la partida, Basilica recibió una llamada: “Las cosas aquí están muy difíciles. Soy inmigrante, soy ilegal, y eso hace imposible que pueda encontrar un trabajo estable”. El marido de Basilica, desesperado, no tuvo más opción que reclamar la presencia de su esposa en España. Quizás para ella sería más fácil encontrar un empleo, indudablemente, no de profesora.

Basilica toma la decisión más dura de su vida. Viaja a España dejando en Rumanía una familia rota por la economía, pero esperanzados por salir adelante. “La esperanza nunca la perdimos”, comenta llorosa. Con el corazón dividido comienza un periplo muy duro: la búsqueda de un empleo que los haga sobrevivir respetando sus principios y sus valores y sin tener que recurrir a la delincuencia.

En España tuvo que olvidarse de su vida anterior, de su estatus como profesora, de su respetada posición y, durante tres años, aprendió a vivir en la ilegalidad. Trabajó como asistenta de hogar con diferentes familias. Al principio no podía asimilar su nueva condición. Con un título universitario bajo el brazo, tuvo que acostumbrarse a su nueva vida. “Sólo pensaba en mi familia. Ellos son lo más importante”, afirma.

En 2005, gracias a su constancia, el matrimonio consiguió los permisos que los alejaban de la ilegalidad. No dejaban de ser inmigrantes pero ya podían ejercer algunos de sus derechos en el país que les había devuelto la ilusión. Fue una época angustiosa.

De su cara, sólo resaltan sus ojos empañados de lágrimas, unos ojos que guardan recelosos los momentos más duros su vida. No me mira. Me cuenta su historia con la mirada anclada en el vació. Es como si quisiera huir de un pasado angustioso, lejos de sus seres más queridos.

La expresión de Basilica cambia al hablar de la Unión Europea. Hasta ahora no la había visto sonreír. Sus ojos, poco a poco, van disipando sus lágrimas y ahora se atreve a mirarme con ciertos atisbos de felicidad. “Cuando Rumanía entró en la Unión Europea en 2007 las cosas cambiaron mucho. Todo era distinto”, comenta emocionada. Y es que la facilidad para cruzar sin obstáculos las fronteras europeas, la posibilidad de conseguir un empleo acorde con los estudios realizados, la no necesidad de permisos de permanencia entre los países miembros y la salida de la gran bolsa de irregularidad, hacen más fácil la vida de quienes buscan un futuro mejor en países alejados de sus lugares de origen. Ahora ya no son inmigrantes, sus necesidades se están cubriendo poco a poco y hace tiempo que dejaron de pisar sobre la fina línea que les conduciría a la exclusión.

En este nuevo contexto europeo de integración y solidaridad, Basilica ha conseguido prepararse más y más gracias la libertad de una Europa unida. “Ahora soy feliz pero pienso en volver a Rumanía porque sé que, gracias a la ayuda europea, la situación mejorará con el paso del tiempo. La Unión Europea hará crecer a Rumanía y a los últimos países que se han incorporado a ella”, afirma Basilica. Ahora sí sonríe.

La idea de retornar a su país de origen se hace cada vez más sólida. Para Basilica, antes era impensable volver a retomar una vida que les acompaño durante años. Ahora, la ilusión se apodera de sus pensamientos: “No puedo olvidar mis raíces. Necesito volver a mis orígenes, a una Rumanía transformada y en desarrollo gracias a la comunidad europea”, afirma. La idea de vivir entre dos mundos muy distintos se disipa poco a poco. Toda transformación y desarrollo conlleva su tiempo. Aun así, Basilica ya ha comenzado a notar cambios sustanciales en este nuevo periodo: “Poco a poco vamos conociendo lo que es verdaderamente una sociedad democrática, una sociedad solidaria. He experimentado el desarrollo de la convivencia porque, ya no somos inmigrantes, somos vecinos europeos”.

El desarrollo es algo que merece la totalidad de los países, aunque, bien es sabido, que no todos tienen las capacidades necesarias para conseguirlo.”A veces pensé que el progreso nos había abandonado. Ahora sé que no es así”, comenta Basilica. Vuelve a sonreír. La Unión Europea facilita este desarrollo mediante la cooperación entre sus estados miembros. Aunque el nivel de vida ha experimentado un crecimiento constante, persisten todavía diferencias significativas entre ricos y pobres. La ampliación ha agudizado estas diferencias con la adhesión de países cuyo nivel de vida es inferior a la media europea, por lo que es importante que los países de la Unión cooperen entre ellos para atenuarlas.

Basilica considera que “el verdadero progreso de Rumanía llegó cuando Europa reconoció firmemente que los rumanos somos europeos. La exclusión y la pobreza nos han acompañado siempre pero ahora la Unión Europea nos ayuda a crecer, a no ser, como siempre hemos sido, los hermanos pobres de la comunidad”. Ahora, la sociedad europea actúa y coopera para todos de la misma forma.

Como Basilica, España acoge a más de 700.000 rumanos y 150.000 búlgaros. La mayoría de ellos sueña con regresar en un futuro a su país. Ahora existen muchas expectativas en el crecimiento económico de sus lugares de origen y aumentan las posibilidades de que, aquellos que lo deseen, puedan retornar en un futuro muy próximo cuando estos países, que están despegando, puedan ponerse por fin a la altura de sus vecinos europeos.

La Unión Europea facilita este desarrollo. Ahora las economías de mercado son dinámicas y modernas, defiende la negativa ante las restricciones laborales para nuestros vecinos europeos, prepara a Europa para competir en el mundo con una economía integrada que ayude a la comunidad del Viejo Continente a mantener su competitividad y a aumentar las ganancias, tanto del comercio exterior como del interior, mejorando así las perspectivas de empleo.

Así es la Europa del presente, la Europa unida del progreso. Una Europa que promociona la paz en contra de un pasado bélico donde era común dejar de lado los sueños y adentrarse en la cruda realidad de carencias y desdichas. Una Europa que apuesta por la estabilidad, la seguridad y la prosperidad de la sociedad europea. Una Europa que coge de la mano a la democracia dejando atrás épocas de dictaduras y antiguos comunismos que coartaban las libertades de los ciudadanos. Una Europa donde los Derechos Humanos y el imperio de la ley copan las necesidades y los objetivos más profundos de los que formamos parte de ella. Así es Europa. Así es el Sueño Europeo. Un sueño que nos hace cobijar bajo el manto del progreso.

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