Austeridad y libre albedrío

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SONY DSCEn un país en el que la cifra del paro supera ya los seis millones y en el que el Presidente pide paciencia, la pregunta que se lleva haciendo desde hace tiempo la mayoría de la población es hasta qué cifra de desempleo vamos a llegar y hasta cuándo se va a mantener por encima de los dos dígitos.

Podríamos pensar que existe un límite a la cantidad de desempleo posible y a la duración de la crisis, un non plus ultra que determina el momento a partir del cual todo no puede sino ir a mejor. Podríamos pensar que, si bien “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, una vez expiados los excesos del pasado, todo volverá a esa normalidad de antaño que ya casi recordamos de forma bucólica.

Sin embargo, como dice Paul Krugman, “ver la economía como una obra moral en la que los malos tiempos son un castigo ineludible por los excesos previos” es un error. Por lo tanto, la crisis actual, los duros ajustes y toda la miseria y sufrimiento que están generando no son la consecuencia inevitable de nuestro mal karma anterior. Ciertos sectores de nuestro país parecen creer que se han desatado sobre nosotros las siete plagas debido a nuestra impiedad y que lo único que podemos hacer es tener la paciencia y la fe ciega del Santo Job, esperando salir de la crisis por la vía mística del asceta.

Por eso, afirmar que los fuertes recortes son fruto inevitable del pecado de haber vivido por encima de nuestras posibilidades es un falso consuelo. Puesto que vivimos en una economía de mercado, el concepto de una mano invisible que premia a los “buenos” y castiga a los “malos” según criterios morales no tiene cabida.

Así pues, imaginemos que, repentinamente, se descubren unos inmensos yacimientos de petróleo bajo el suelo español: nuestros problemas quedarían resueltos de inmediato y la mácula de nuestro derroche pasado quedaría borrada sin necesidad de penitencia. Seguramente, nuestros políticos enterrarían para siempre la expresión “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” y bajo el rocío de los petrodólares brotarían innumerables aeropuertos provinciales y la imprescindible línea del AVE Madrid-Soria, con su apeadero no menos imprescindible en Quintanilla del Onésimo.

Obviamente, no podemos negar que el elevado endeudamiento público y privado del país es un grave problema. Sin embargo, la severa austeridad que sufrimos no es una consecuencia ineludible de dicho endeudamiento, sino una opción de política económica: existen varias recetas para solucionar los graves desequilibrios de la economía española y volver a la senda del crecimiento. Ciertos recortes pueden ser una vía para mejorar la situación, pero desde luego no son la solución única por dogma.

España necesita hacer recortes y necesita hacer reformas, pero no se puede afirmar que la fuerte austeridad actual sea una consecuencia inevitable de haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Se trata de una opción de política económica, entre de las varias posibles, que necesita ser justificada y discutida en un debate público y plural. Si el problema es que la austeridad viene impuesta por Alemania o el BCE, entonces también es necesario una explicación, y quizá un debate público y plural sobre las ventajas e inconvenientes de la moneda única y el ingreso en la Unión Europea. Es lo mínimo que merece una población castigada por largos años de crisis, y que por cierto, es la que elige los gobiernos.

Si lo que se pretende es culpabilizar a la población de la crisis económica para evitar una explicación y un debate serio acerca de las medidas de austeridad, las reformas y sus distintas formas de implementación, flaco favor estamos haciendo a la democracia y a la economía.

En un país en el que la cifra del paro supera ya los seis millones y en el que el Presidente pide paciencia, la pregunta que se lleva haciendo desde hace tiempo la mayoría de la población es hasta qué cifra de desempleo vamos a llegar y hasta cuándo se va a mantener por encima de los dos dígitos.

Podríamos pensar que existe un límite a la cantidad de desempleo posible y a la duración de la crisis, un non plus ultra que determina el momento a partir del cual todo no puede sino ir a mejor. Podríamos pensar que, si bien “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, una vez expiados los excesos del pasado, todo volverá a esa normalidad de antaño que ya casi recordamos de forma bucólica.

Sin embargo, como dice Paul Krugman, “ver la economía como una obra moral en la que los malos tiempos son un castigo ineludible por los excesos previos” es un error. Por lo tanto, la crisis actual, los duros ajustes y toda la miseria y sufrimiento que están generando no son la consecuencia inevitable de nuestro mal karma anterior. Ciertos sectores de nuestro país parecen creer que se han desatado sobre nosotros las siete plagas debido a nuestra impiedad y que lo único que podemos hacer es tener la paciencia y la fe ciega del Santo Job, esperando salir de la crisis por la vía mística del asceta.

Fotografía: José Antonio Sierra

Por eso, afirmar que los fuertes recortes son fruto inevitable del pecado de haber vivido por encima de nuestras posibilidades es un falso consuelo. Puesto que vivimos en una economía de mercado, el concepto de una mano invisible que premia a los “buenos” y castiga a los “malos” según criterios morales no tiene cabida.

Así pues, imaginemos que, repentinamente, se descubren unos inmensos yacimientos de petróleo bajo el suelo español: nuestros problemas quedarían resueltos de inmediato y la mácula de nuestro derroche pasado quedaría borrada sin necesidad de penitencia. Seguramente, nuestros políticos enterrarían para siempre la expresión “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” y bajo el rocío de los petrodólares brotarían innumerables aeropuertos provinciales y la imprescindible línea del AVE Madrid-Soria, con su apeadero no menos imprescindible en Quintanilla del Onésimo.

Obviamente, no podemos negar que el elevado endeudamiento público y privado del país es un grave problema. Sin embargo, la severa austeridad que sufrimos no es una consecuencia ineludible de dicho endeudamiento, sino una opción de política económica: existen varias recetas para solucionar los graves desequilibrios de la economía española y volver a la senda del crecimiento. Ciertos recortes pueden ser una vía para mejorar la situación, pero desde luego no son la solución única por dogma.

España necesita hacer recortes y necesita hacer reformas, pero no se puede afirmar que la fuerte austeridad actual sea una consecuencia inevitable de haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Se trata de una opción de política económica, entre de las varias posibles, que necesita ser justificada y discutida en un debate público y plural. Si el problema es que la austeridad viene impuesta por Alemania o el BCE, entonces también es necesario una explicación, y quizá un debate público y plural sobre las ventajas e inconvenientes de la moneda única y el ingreso en la Unión Europea. Es lo mínimo que merece una población castigada por largos años de crisis, y que por cierto, es la que elige los gobiernos.

Si lo que se pretende es culpabilizar a la población de la crisis económica para evitar una explicación y un debate serio acerca de las medidas de austeridad, las reformas y sus distintas formas de implementación, flaco favor estamos haciendo a la democracia y a la economía.

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