Atletismo de arriba abajo

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El running gana adeptos en España mientras el atletismo de alto nivel pierde importancia y espacio. La disciplina deportiva por excelencia languidece, sin estrellas de talla mundial y con recursos menguantes para la celebración de reuniones de nivel. Las sospechas de dopaje en la alta competición mancillan el honor de la élite. Sólo el escaparate de los grandes eventos internacionales del verano, como los Campeonatos de Europa y del Mundo y los Juegos Olímpicos, devuelven el brillo a un deporte minoritario en la cúspide pero masivo en la base.

Los números explican un fenómeno que no deja de crecer: las grandes citas del atletismo popular congregan en cada edición a un mayor número de participantes. Se baten récords de inscritos en cualquier rincón, desde Nueva York, cuyo maratón se erige como el gran icono de participación, hasta España, un claro ejemplo de la transformación vertical descendente de los últimos años. El atletismo profesional decae, ensombrecido por la marea que se suma a una modalidad festiva y lúdica. Las carreras que se celebran el último día del año, las multitudinarias San Silvestre, son un termómetro fiable para medir la pasión runner.

Participación masiva en la San Silvestre madrileña durante una edición precedente. Foto: ©PromoMadrid, autor Max Alexander
Participación masiva en la San Silvestre madrileña durante una edición precedente. Foto: ©PromoMadrid, autor Max Alexander

Madrid superó hace algunas ediciones a São Paulo como la más grande de todas. Este año rebasará los 40.000 atletas. Salamanca, Toledo, Valladolid, Cáceres y otros muchos puntos del país celebrarán en el epílogo del 2013 unas carreras cuya asistencia era notablemente inferior un lustro atrás. Cualquiera de las pruebas programadas batirá registros de participación o se quedará muy cerca de sus mejores cifras. Desaparecen del calendario de competición mítines al aire libre y en pista cubierta pero crece la concurrencia en los eventos populares, que no pierden atención ni patrocinadores.

El interés por la actualidad del atletismo de alto nivel no franquea la barrera de su entorno más cercano. La curiosidad social y de los medios de comunicación se desplaza desde la cima del profesionalismo hasta la base del atletismo aficionado. La transferencia de poder ha descabezado la jerarquía habitual y el esquema no se repite en la disciplina olímpica reina: el hecho amateur concita más interés que el que protagonizan las primeras figuras. La revolución, provocada por una legión creciente de practicantes, ha puesto el foco sobre miles de anónimos.

La crisis de la élite sacude tanto al atletismo español como al internacional. En el ámbito doméstico las estrecheces económicas dificultan la captación de recursos y la disciplina sobrevive huérfana de la mística de las grandes figuras que exhibió antaño. Menos acusada pero tampoco favorable es la tendencia en el resto del mundo. Las sospechas de prácticas dopantes y la ausencia de un elenco amplio de referentes (pocos nombres brillan fuera de los Usain Bolt, Mo Farah, Kenenisa Bekele y Elena Isinbayeva) confirman el traspaso de poder dentro de la disciplina.

El auge del atletismo no profesional lo explican varios factores. Ayuda su bajo coste y la facilidad para practicarlo; también el prestigio que le otorga la prescripción médica y un efecto contagio entre generaciones. Crece el pelotón de corredores y aumentan los inscritos en cualquier carrera. Las pruebas de cross, las millas, los medios maratones y otras fórmulas populares pueden perder nivel entre sus mejores participantes, crisis mediante, pero no tamaño. Estas competiciones sobreviven en España, y se extienden por todo el orbe, gracias a una base cada vez más ancha.

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