Así en la alcoba como en la hierba

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El rey (de la República Francesa) está desnudo. François Hollande acaricia el ecuador del mandato que recibió en la primavera de 2012 mermado por su affaire extramatrimonial e impotente ante la elevada cifra de paro y el ascenso del populismo de un Frente Nacional que se perfila como ganador de las elecciones Europeas de mayo. El soberano socialdemócrata es el inquilino del Elíseo Hollandepeor valorado en medio siglo. Pocos argumentos encuentra ‘Flamby’ para hinchar el pecho. El líder galo irradia una imagen pusilánime y deteriorada, solo revitalizada, es de suponer, entre las cuatro paredes de un apartamento de la rue de Cirque (Vespa, casco y gabardina mediante) en sus encuentros con la actriz Julie Gayet. Quién sabe si el punto de inflexión que revierta tan depresivo estado político, cuestiones íntimas aparte, no se lo proporcionará una destacada actuación de su selección en la Copa del Mundo de fútbol de Brasil.

Tocó el cielo ‘le coq’ en julio de 1998. La Eurocopa en los Países Bajos, dos años después, cerró un ciclo de champán y gloria. El Mundial en casa y el campeonato continental coronaban a un equipo y a una época. Jugadores que tenían su origen fuera de las fronteras del Hexágono sobresalieron en sendos torneos. Marcel Desailly, Lilian Thuram y Zinedine Zidane fueron piezas determinantes para el éxito de su equipo. Eran aquellos los veranos de una nueva Francia, del país de la integración y la asimilación del inmigrante. Un tiempo, el del final del siglo pasado, de honor para el presidente Jacques Chirac, que vivió en las calles de París una celebración no vista desde la liberación de la capital tras la ocupación nazi.

ChiracLos sucesivos equipos que portaron la ‘bleue’ se alejaron de la cima. El propio jefe de Estado pasó del orgullo de la victoria a la decepción tras el batacazo en la edición mundialista de Japón y Corea del Sur. Semanas antes, los comicios presidenciales pusieron en jaque a la V República tras la irrupción del ultra Jean Marie Le Pen. El ocaso de quien fuera alcalde capitalino en la silla presidencial coincidió con el canto del cisne de la generación que comandaba Zidane. Vidas paralelas: el mediapunta marsellés se retiró del balompié con un cabezazo en Berlín y el político dejó la vida pública acusado por un burdo caso de corrupción por el que terminaría siendo condenado años después.

En 2007 regresó al Elíseo la derecha postgaullista de la mano de Nicolás Sarkozy. La hiperactividad y los excesos que caracterizaron su actividad pública y privada no se reflejaron en la tricolor, mustia y huérfana de referentes. Sudáfrica fue el escenario de la ruptura del equipo en casi tantos bandos como piezas lo formaban, además del regreso de la tensión entre oriundos de la Francia continental y jugadores procedentes de las diferentes colonias de la francofonía. Quien labró su imagen de hombreBruniduro como ministro del Interior durante los disturbios de las periferias de las grandes ciudades vivió un descalabro colosal del gallo; y no sólo deportivo. La opinión pública retomó el debate sobre la inmigración y cuestionó los valores que emanaba su joven combinado, compuesto por estrellas internacionales que representan en el exterior a la nación como sus más célebres embajadores. Carla quelqu’un m’a dit Bruni fue el único consuelo cuando el poder regateó a Sarko.

La relación entre los franceses y su selección de fútbol explica con fidelidad parte de la compleja realidad social del país. Cómo compita la absoluta en los grandes campeonatos mundiales también repercute en la visión y la valoración de la gestión presidencial. Un fracaso sonado de la selección, como el cosechado en el último Mundial, reforzará ese vínculo que conduce inexorablemente al pesimismo. La ‘grandeur’ continúa por el camino de la irrelevancia, debieron pensar los más críticos tras el desastre en la tierra de Mandela. Meses después, el socialismo venció en las urnas. Y este verano, un equipo copado por jugadores descendientes de extranjeros, muchachos de la tercera generación de inmigrantes, afrontará el reto mundialista después de una fase de clasificación angustiosa. Sonará La Marsellesa mientras un plantel formado por futbolistas llegados de cualquier rincón del planeta luce la camiseta azul. Otro combinado mestizo y otra vez el runrún sobre la identificación de los franceses con ese equipo. Una tortura añadida para los jerarcas que rigen los destinos de la nación. Presión aliviada por los éxitos deportivos, o por la compañía de esa corte de amigas que siempre terminan rodeando a cada uno de los rectores que manda en la Galia.

MiterrandFrançois Miterrand, pope de la ‘gauche caviar’, disfrutó con el exquisito equipo que lideraba Michel Platini y con una selección de rugby preciosista como pocas. El champán corría por el Parque de los Príncipes, con dos estilos parejos, propios de orfebres y esculpidos como piedras preciosas. Corría la década de los ochenta y el ‘savoir faire’ de su izquierda, tan intelectual y elitista, casaba con aquellas maneras que exhibían tanto el once como el quince del gallo. El esférico en corto, el oval a la mano y el presidente a sus respectivas amantes. La regla con sus excepciones se repitieron con el hombre que más tiempo ha resistido en el cargo. Miterrand hizo uso del binomio señoras más balompié antes que Chirac, Sarkozy y Hollande.

La erótica del poder en Francia desemboca en un poder erótico, en unos mandatos siempre influidos por la presencia de la primera dama y del resto de consortes no reconocidas por su condición de queridas. El presidente acumula alrededor de su cargo tanta influencia legislativa y ejecutiva como aspirantes a convertirse en sus compañeras de aventura. La estructura presidencialista, con un líder que representa y también gobierna, obliga al portador del maletín nuclear a un difícil ejercicio de equilibrio entre razón y testosterona. Como en el adulterio. O como en el terreno de juego.

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