Armas Musicales

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¿Quién no ha recordado momentos de su vida a través de una canción?, la música es como un hilo conductor que une nuestros recuerdos, los buenos y los malos. Para los urbanitas, es raro que pase un día sin escuchar música, tanto si queremos como si no, este arte se mezcla en nuestra actividad diaria sin que nos demos cuenta. Para hacerse una idea de hasta qué punto la música invade nuestros latidos diarios, sólo hace falta hacer un sencillo ejercicio de imaginación.

Pensemos en garitos nocturnos y discotecas sin música, en fiestas de todo tipo sin acompañamiento instrumental, salas de espera, hilo musical en centros de trabajo, la radio, los programas de televisión, las películas… ¿No resulta desolador? Habría que olvidarse de bailar, no cantaríamos, no recordaríamos las noches de fiesta, los garitos serían infinitamente aburridos, no nos emocionaríamos con un estribillo, no tendríamos esa protección ante una realidad que no queremos escuchar, el hombre sería más pobre culturalmente, nadie susurraría nanas a los bebés.

Sin embargo, tenemos suerte y una de las cualidades más hermosas de la humanidad es su capacidad para crear melodías. Ésta nace para ser compartida y para hacer el transito de la vida más dulce. Es una burbuja de la que todos bebemos para alimentar nuestros sentimientos.

Por eso no resulta raro que, por ejemplo, recordemos un verano por un canción: las noches infinitas, el dolor de cabeza por el exceso, el olor a salitre, las caras de la gente, el rostro de esa chica/o que te prometió seguir escribiendo y que desapareció entre la bruma de la memoria, el calor del sol, la sensación de tener todo el tiempo del mundo para gastarlo sin pensar en nada más. Todo mezclado con un estribillo: Una melodía que se cuela entre tus neuronas para hacerlas bailar y acabar venciéndote por agotamiento.

La gente pensará, bueno, es un cansancio amable, tú te lo has buscado, pero qué ocurre cuando no es así. ¿Qué pasa cuando una canción que no es de tu agrado se introduce sin tu permiso por uno de tus oídos y no quiere salir? Pues que estamos ante un claro caso de chantaje mental y aunque pases una temporada inolvidable llena de alegrías, asociarás estos recuerdos a la dichosa canción. Ahí está el poder de la música. No pide permiso para que la dejes pasar, salta las barreras y se convierte en un okupa cerebral.

En consecuencia, es posible que si ahora, en este mismo instante, repasamos uno a uno todos nuestros discos, originales y grabados, vayan apareciendo ante nuestros ojos diferentes capítulos de nuestra vida. Cada uno bien diferenciado. Incluso surgirán como hologramas caras de personajes que fueron amigos nuestros, que en una época formaron parte de nuestra agenda y que con los vaivenes del tiempo se cayeron de la lista. Pocas personas hacen esto. Es una tarea triste, pues esas obras son testigos sonoros de unos días que no volverán.

Y es que la música siempre conlleva un poso de melancolía, una tibieza de sensaciones que provocan una añoranza y nos acercan a la certeza de que no somos inmortales. Uno siempre quiere agarrar esos segundos de bienestar, de placer y llevárselos consigo para que cuando llegue el abatimiento tener a mano armas de sobra para combatirlo. Esas armas están ahí para aprovecharlas: son las canciones.

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