Aquello de lo que no se habla: la muerte voluntaria

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A lo largo de la historia de la humanidad, la actitud de los hombres ante el suicidio ha ido cambiando según han ido evolucionando los principios culturales.

En la Antigüedad existieron opiniones muy dispares y diferentes. En Grecia, por ejemplo, siempre predominó la exaltación de la libertad del ciudadano, lo que suponía que éste era el que debía decidir qué hacer con su propio destino. Sócrates decía que las personas tienen que aceptar con serenidad la muerte y que, a él, beber cicuta podía suponerle una liberación. De hecho, acabó sus días ingiriéndola, tras ser infundadamente acusado de corromper a la juventud.

Por otro lado, Platón y Aristóteles pensaban que el suicidio era un atentado contra la ciudadanía, salvo en aquellas ocasiones en las que estuviera desencadenado por razones como la justicia, la vergüenza o alguna grave enfermedad. De hecho, las personas que tenían enfermedades incurables formaban parte de  uno de los grupos principales que justificaban el suicidio, ya que enfermos y lisiados eran considerados seres inferiores.

En Roma, la muerte voluntaria fue considerada como un acto honorable, de valor y sacrificio. El suicidio era llevado a cabo unas veces para liberarse de una enfermedad, otras como alternativa para evitar la infamia de un proceso judicial o de un fracaso militar. Séneca defendía este derecho a la muerte voluntaria, ya que oponerse a ella para él significaba que el hombre no tenía derecho a tener su propiedad para decidir sobre su propia persona. Defendía así, el suicidio lúcido ante enfermedades dolorosas, prisioneros políticos, condenados a muerte o soldados que sacrificaban su vida para asegurar la victoria del ejército romano.

Sin embargo, con el triunfo y la expansión del Cristianismo, en la Edad Media se impuso que la concepción de la vida era un don que procedía de Dios, por lo que la muerte voluntaria pasó de ser considerada un derecho, a transformarse en un pecado mortal y en un delito. Además de la condena eterna de su alma, la legislación ordenaba la confiscación de todas las propiedades de la persona que se quitaba la vida y el escarnio público de su cadáver, que no era considerado digno de ser enterrado en camposanto y solía mostrarse en pública descomposición como castigo aleccionador.

En la Edad Moderna el repudio hacia el suicidio prosiguió implacable aunque, con el resurgimiento de los valores clásicos, algunas voces clamaron por tolerancia. Francis Bacon, por ejemplo,  lo consideraba un producto de la enfermedad y de la locura. En el Siglo de las Luces aparecieron más excepciones que iban tratando el tema de forma más comprensiva, relacionadas en parte con un cierto cuestionamiento de la influencia eclesiástica. Así las cosas, el famoso jurista Cesare Beccaria defendió que el suicidio constituía un acto que conllevaba una culpa que castigaba Dios, pero no un delito, por lo que la ley no debía entrometerse de ninguna manera en aquellos casos.

A lo largo del siglo XIX la confiscación de bienes y el resto de las sanciones legales empezaron a ser abandonadas progresivamente. Sin embargo, lo más importante de la Época Contemporánea es el definitivo “trasvase” del tema del suicidio al terreno de la ciencia. Su medicalización ha supuesto la despenalización definitiva.

A día de hoy, sigue habiendo división de posturas. Hay personas que creen que quitarse la vida obedece a un acto de cobardía, un acto egoísta e irresponsable que siguen sin entender y quizá no entiendan jamás.

Sin embargo, el asunto tiene más importancia de la que parece en un principio, y es que el suicidio es la principal causa de muerte violenta en el mundo, por encima de homicidios, guerras y accidentes de coche. En el último medio siglo, su frecuencia ha aumentado en un 60%, y según varios estudiosos, la actual situación de crisis económica podría haber acentuado este tipo de conducta, aunque según la mayoría de los expertos, los datos existentes no son suficientes para corroborar dicha afirmación.

Según las últimas cifras del INE, en 2009 cerca de 3.500 personas se quitaron la vida en España. Unas cuentas que no cuadran para el vicepresidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Legal, Alfredo Calcedo, que calcula una tasa de suicidios de 10,5 por cada 100.000 habitantes, es decir, 4.500 muertes anuales.

Por este motivo, la Organización Mundial de la Salud, la Organización de Naciones Unidas y la Unión Europea han lanzado la voz de alerta y han indicado que la muerte voluntaria es un problema de salud pública de primera magnitud. La OMS pide a las autoridades y gobiernos que adopten medidas de prevención, dado que las cifras demuestran que las medidas actuales que se han tomado no son suficientes. Ya en el año 2006, Kofi Annan, secretario general de la ONU en aquellos momentos, demandaba “prestar más atención a esta tragedia humana para prevenir muertes innecesarias”.

La UE, por su parte, ha señalado el suicidio como “área de especial interés”. Según ha explicado el doctor Fernando Cañas, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Rodríguez Lafora: “Al señalarlo como área de especial interés, se busca poder detectar personas en riesgo alto y técnicas de intervención eficaces”. Por este motivo, “el Ministerio de Sanidad está desarrollando estrategias de prevención”, afirma el doctor, experto en Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), el grupo de enfermos mentales que más intentos de suicidio realiza.

Hay algo que está claro, y es que en el 90-95% de los casos se encuentra detrás de este tipo de conducta una enfermedad mental, un trastorno psiquiátrico, el más común y extendido es la depresión. De ahí la importancia de una atención y detección temprana. “El 5% restante obedece a un factor existencial que hace que la persona en cuestión vea en el suicidio la única manera de poner fin a sus problemas”, según el sociólogo y periodista Juan Carlos Pérez.

Hay muchísimos factores que influyen: los antecedentes familiares, el hecho de padecer enfermedades crónicas que son dolorosas, conductas adictivas (alcohol, drogas…), pérdidas sentimentales, el aislamiento social… Hay muchos casos, tantos como personas en el mundo, pero en todos ellos hay factores que son comunes. Uno de ellos es la soledad. Además, según la psiquiatra Carmen Tejedor, experta en Suicidología, detrás de un suicidio “siempre está el dolor. Nadie que es feliz se suicida. Quien se suicida siempre es una persona con dolor físico o moral, que no ve salida y se le hace insoportable.  

Esta profesional dice, además, que es imposible que el suicidio sea una decisión racional: “Para ser libre hay que tener un equilibrio emocional, pero el que se suicida es que no tiene otra salida, luego no hay libertad. Si no hay libertad no hay culpa. Pero como pensamos que es un acto de libertad, esto da lugar a juicios paralelos y atribuimos la culpa a la familia. Y aumentamos el sufrimiento”.

Carmen Tejedor es, precisamente, una de las mujeres responsables del primer programa de prevención del suicidio puesto en marcha en España. Un proyecto de atención integral que se realizó de forma experimental hasta 2008.

De quiénes hablamos, cómo son tratados

Las mujeres suelen intentarlo más en general. Los hombres, sin embargo, lo intentan menos pero son más efectivos. “Usan métodos más contundentes”, explica el sociólogo y periodista Juan Carlos Pérez, autor de “La mirada del suicida. El enigma y el estigma” (Plaza y Valdés). De hecho, el número de varones que se suicidan triplica el número de suicidios de las mujeres.

“El primero de los factores de riesgo es haber intentado quitarse la vida anteriormente”, explica  Carmen Tejedor. Otro factor de riesgo es pensar en hacerlo, y hablar de ello “”El que habla de suicidio es el que lo comete”,  sigue la doctora. Cuando esto sucede, lo que hay que hacer es preguntarle por qué, no dejarle sólo y ganar el máximo de tiempo posible.

A las Urgencias de Madrid llegan todos los días entre cinco y nueve personas que han intentado suicidarse. Los profesionales deben encargarse de evaluar el nivel de riesgo y hospitalizar a los más graves, y en todos los casos, continuar con un tratamiento ambulatorio después, haya sido la persona hospitalizada o no.

Sin embargo, los psiquiatras coinciden en que hay una falta de recursos, que impide el seguimiento de una gran parte de los casos. Reclaman residencias, asistencia domiciliaria y atención psicológica.  Para algunas personas que han estado hospitalizadas,  la atención recibida tampoco ha resultado demasiado satisfactoria, porque han notado de manera muy notoria esta escasez de recursos: “Estar ingresada en una planta de psiquiatría durante dos meses me hizo más mal que bien. La asistencia  psicológica era casi nula, los enfermeros iban a lo suyo y no se daban cuenta ni de la mitad de las cosas que pasaban allí dentro” –ha declarado una joven, que estuvo ingresada en el Hospital Universitario de  Móstoles.

Resumiendo, es necesario mejorar la calidad de los servicios sanitarios, y además, muy necesario. Y también es necesario de que se hable de la repercusión que tiene este tema, porque cada vez que se suicida una persona, sólo se escucha el silencio. Los medios de comunicación apenas se hacen eco de estas noticias, cosa que por una parte es entendible,  por las posibles consecuencias (conductas de contagio y demás) que pudiera conllevar.

El hecho de no informar sobre los suicidios es, (en palabras del ya mencionado sociólogo y periodista Juan Carlos Pérez, que perdió a su padre por culpa del suicidio), “en cierto modo correcto, no es noticia cada caso individual, no se debe informar de métodos o detalles. Pero es también un error: sí se debe hablar del fenómeno social que supone el suicidio. En España muere más gente por suicidio que por accidentes de tráfico”.

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1 Comentario

  1. Muy bueno el articulo. Tienes toda la razón en la ultima parte, faltan muchísimos recursos y preparación. Ojala sea verdad lo que comentas y se empiecen a preocupar un poco más por el tema

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