Anochece y no ha regresado

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Qué curiosa tristeza.
Me he empapado de besos o de sueños,
he empujado el colchón de universos
como enigmas eternos y rígidos cantos a ojos abiertos.
He salido de una casa y ¡qué curiosa tristeza!
No sé si sea el frío demencial
el que estremece el alma de mis veinticinco bocas.

Sólo espero que el ruido de la calle
deje que mi corazón tictaquee y apriete sus dientes
en busca del origen de sus latidos.

Entro a otra casa y ¡qué curiosa tristeza!
Duendes dentro de ella rugen telarañas
y hablan de poesía como zamarros ancianos.
Hay que estar sometido a sus órdenes
y a su infrecuente apego, pues un par de ellos
me dieron la vida y los otros dos me llaman ‘hermano’,
como castigo o halago a mi desorientada consciencia.

Sólo espero que el ruido de la calle
deje que mi corazón tictaquee y apriete sus dientes
en busca de un certero modo de vida.

Entro a otra casa y ¡qué curiosa tristeza!
El vino derramado sobre la mesa cae perezosamente
como el sudor de la sangre o simplemente
por ser la botella que no terminé.
Absurdo y razonable, Enrique Lihn me dice:
‘El sueño te hace el regalo de una ciudad en la que nunca estarás’.
¡Tremendo influjo! ¡Y ni dormir puedo!

Qué curiosa tristeza.

Fuente de la imagen:
Taberna Crítica

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