Andrés Trapiello y la trastienda de Alonso Quijano

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En el cuadrigentésimo aniversario de la publicación de la segunda parte de la vida del ingenioso e inmortal hidalgo merece la pena retomar y releer (si ya lo hicimos) con placer esta obra: Al morir don Quijote.

631006Y es que las historias no terminan. Pueden estructurarse en capítulos, pueden ponerse epílogos, pueden ponerse solemnemente despedidas y puntos. Pero no acaban. Esta novela nos muestra esos puntos como temporales y no definitivos. La novela es el lugar, el hábitat donde lo que somos se manifiesta, se colorea. Y si hablamos de vida, hablamos de ecos. Este libro es un eco que nos muestra que la novela, como la vida una vez leída y vivida, no se termina. Esa es la valentía de Trapiello, se lanza a mostrar la trastienda del Quijote, la audacia de mostrarnos esos personajes secundarios a los que era necesario hacer un homenaje, sacándolos de las sombras. Tiene el valor de mostrarnos que las novelas leídas son vidas construidas. Y que esas vidas, todas, son importantes.

Más allá de los guiños, de los saltos temporales, de los encuentros entre creador y criaturas, encierra una verdad irrenunciable. Tras los focos hay vida, tras los protagonistas hay unos personajes secundarios que no son puro atrezzo. Que dentro de las aventuras hay aventuras ocultas a los ojos del lector. Esto hace Trapiello con esta novela. Lo que comienza de alguna forma continua en otros. Sucede que hay vidas tras la vida, que cuando se escribe ya no se puede parar, hay novelas tras la novela.

Hay mucho más de lo que se lee, hay más de lo que se ve. Con esta verdad a cuestas construye Trapiello la novela. Es posible continuar al gran Cervantes y abrir paisajes para encontrarse con el Quijote. Este es un camino de ida y vuelta. Un poco de Alonso Quijano nos abre la sed. Este libro nos llevará fácilmente a las páginas cervantinas.

Desde lo monótono del paisaje manchego (lleno de sorpresas también) cada personaje secundario adquiere color. Era casi una obligación de justicia. Y constituye un reconocimiento implícito para todos los que en algún momento, o en muchos, nos postulamos como personajes secundarios de tantas tramas.

Con esta verdad, con la sed, con la sorpresa y con esta original mirada al mundo del Quijote en este aniversario (con una “segunda parte” ya en las librerías) su lectura será muy agradable. Ya no hay segundones, todos somos personajes, todos somos necesarios. Y se hace necesario seguir incluso a los que van perdiendo (contra molinos o contra carneros) Este libro nos recuerda que la locura y los principios quizá no tengan el final de otras opciones o el que estamos acostumbrados, pero merece la pena hablar de sus protagonistas.

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