Ambrose Bierce y “La dificultad de cruzar un campo”

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Como escritor y periodista estadounidense, Ambrose Bierce (Ohio, 24 de junio de 1842) supo describir su historia particular con hechos universales, desde un punto de vista artificioso y vulgar. Cargada de imágenes que son proyecciones de sus deseos ocultos, parte de su literatura refleja su infancia reprimida por unos padres de profunda fe calvinista.

Décimo de trece hijos, a los que les colocaron nombres con la inicial de A (como Amos, Andrew o Augustus), Bierce desarrolló un rencor hacia sus padres como se muestra en su libro ‘El clan de los parricidas y otras historias macabras’. Este sentimiento es digerible para el lector, en base a un humor inteligente y preciso.

Algunos críticos de la época lo bautizaron como ‘El amargo Bierce’ (Bitter Bierce), por su estilo vehemente, cargado de misterio y cinismo. Incluso, un pastor de San Francisco, víctima de sus sarcasmos, lo llamaba ‘el diablo que ríe’.

H.P. Lovecraft, escritor de relatos de horror, influenciado por Bierce, escribió acerca de sus relatos: ‘en todos ellos hay una maleficencia sombría innegable y algunos siguen siendo verdaderas cumbres de la literatura fantástica estadounidense’.

Llegó a casarse y a tener tres hijos: Day, Leigh y Helen, de los cuales morirían los hombres: uno tras una pelea y el otro por exceso en alcohol. Esto acrecentó el mal de asma de Bierce, sumado a los traumas de la Guerra Civil Estadounidense, donde se alistó.

En subtexto de algunos de sus relatos, muestra un particular interés por asuntos extraterrenos. Bierce estuvo fascinado por lo que ‘había más allá de las estrellas’ y coincidió su desaparición con una serie de avistamientos de Ovnis. Otras versiones, coinciden en que fue asesinado en México, tras unirse al ejército de Pancho Villa como observador, llegando hasta Chihuahua. Se presume que su muerte fue después de diciembre de 1913. 

Su legado está en la Literatura de terror norteamericana, como en el estilo narrativo del escritor Thomas de Quincey o Mark Twain. Carlos Fuentes escribió una novela acerca de los últimos años de Bierce titulada ‘Gringo viejo’, llevada al cine como ‘Old Gringo’. Esta película fue dirigida por el argentino Luis Puenzo e interpretada por Gregory Peck y Jane Fonda.

En esta nota y, para los lectores de La Huella Digital, dejo el cuento ‘La dificultad de cruzar un campo’ (que pertenece al libro ‘El clan de los parricidas y otras historias macabras’), que muestra tanto el estilo y la idea de Bierce acerca de lo sobrenatural y extraterreno.

La dificultad de cruzar un campo – Ambrose Bierce

Una mañana de julio de 1854 un colono llamado Williamson, que vivía a unas seis millas de Selma, Alabama, estaba sentado con su mujer y su hijo en la terraza de su vivienda. Delante de la casa había una pradera de césped que se extendía unas cincuenta yardas hasta llegar a la carretera pública, o «la pista», como solían llamarla. Más allá de esta carretera había un prado de unos diez acres, recién segado, completamente llano y sin un árbol, roca, o cualquier otro objeto natural o artificial en su superficie. En aquel momento no había en el campo ni siquiera un animal doméstico. Al otro lado del prado, en otro campo, una docena de esclavos trabajaban bajo la vigilancia de un capataz.

Arrojando la punta de un cigarro, el colono se puso en pie y dijo:

– He olvidado hablarle a Andrew de los caballos.

Andrew era el capataz.

Williamson echó a andar con calma por el paseo de gravilla, arrancando alguna flor a su paso, cruzó la carretera y llegó al prado. Mientras cerraba la verja de entrada se detuvo un momento a saludar a su vecino Armour Wren, que vivía en la plantación de al lado y pasaba por allí. Mr. Wren iba en un coche abierto, acompañado de su hijo James, un muchacho de trece años. Cuando se alejaron unas doscientas yardas del lugar en el que se habían encontrado, Mr. Wren dijo a su hijo:

– He olvidado hablarle a Mr. Williamson de los caballos.

Mr. Wren había vendido a Mr. Williamson unos caballos que iban a ser enviados ese mismo día, pero, por alguna razón que ahora no se recuerda, no iban a poder ser entregados hasta el día siguiente. Mr. Wren indicó al cochero que diera la vuelta y, mientras el vehículo giraba, los tres vieron a Williamson cruzando lentamente los pastos. En aquel momento uno de los caballos del coche dio un traspié y estuvo a punto de caer. No había hecho más que recobrarse cuando James Wren exclamó:

– Pero bueno, padre, ¿qué ha sido de Mr. Williamson?

No es el propósito de esta narración responder a esa pregunta.

La extraña relación que Mr. Wren hizo de los hechos, expresada bajo juramento durante el curso de los procedimientos legales vinculados con la herencia de Williamson, es la siguiente:

«La exclamación de mi hijo me obligó a dirigir la mirada hacia el lugar en el que había visto al difunto un instante antes, pero ya no estaba allí, ni en ningún otro sitio visible. No puedo afirmar que en aquel momento estuviera muy sorprendido, ni que fuera consciente de la gravedad de la situación, aunque la consideré extraña. Mi hijo, sin embargo, estaba muy asombrado y siguió repitiendo la pregunta de diversas maneras hasta que llegamos a la verja. Mi cochero negro, Sam, también se encontraba muy afectado, incluso en mayor grado, pero tuve más en cuenta la actitud de mi hijo que lo que el otro pudiera haber observado. (Esta frase aparecía tachada en la declaración.) Cuando bajamos del carruaje, y mientras Sam colgaba el tiro a la valla, Mrs. Williamson, con su pequeño en brazos y seguida de varios criados, venía corriendo por el paseo, muy excitada y gritando «¡Se ha ido! ¡Se ha ido! ¡Oh, Dios mío! ¡Es horrible!» y otras exclamaciones parecidas que ahora no recuerdo con claridad. Me dio la impresión de que se referían a algo más que a la mera desaparición de su marido, aun cuando ésta hubiera ocurrido ante sus propios ojos. Su actitud era alocada, aunque no más, creo, de lo normal en aquellas circunstancias. No tengo razones para pensar que en aquel momento hubiera perdido la cabeza. Desde entonces nunca he vuelto a ver ni a saber nada de Mr. Williamson.»

Este testimonio, como podía esperarse, fue corroborado en casi todos los detalles por el otro único testigo presencial (si es que éste es el término apropiado), el joven James. Mrs. Williamson había perdido la razón y, por otra parte, no era adecuado tomar declaración a los criados. James Wren había declarado al principio que vio la desaparición, pero nada de ello aparece en la declaración que hizo en el juicio. Ninguno de los braceros que estaban trabajando en el campo al que Mr. Williamson se dirigía le habían visto, y el registro riguroso de toda la plantación y de los campos colindantes no proporcionó la menor pista.

Los relatos más monstruosos y grotescos, inventados por los negros, fueron frecuentes en aquella parte del Estado durante muchos años, y probablemente todavía lo son; pero lo que aquí ha sido relatado es todo lo que se sabe con certeza de aquel asunto. Los jueces decidieron que Williamson había muerto y su herencia se distribuyó de acuerdo con la ley.

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