Amar el daño

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Era un abrazo para que uno entrara y otro se partiera. Se decían, verdad tras verdad, para que ninguno se diera al olvido sólo por un rayo enorme y visiblemente morado. Si contamos lo vivido, caerían como colgados de una percha severa, sujetados del garfio a la madera. Claro que no éramos de ése modo. No llegamos. Decidimos, para salvar lo importante, encerrarnos como una única propiedad.

Pero no podían con un final que no acaba, que aún no saben cómo tuvo su comienzo. Era el viento, incluso en el verano más caluroso, el que con más ahínco se retorcía para descubrirlos. Quizá, de otra manera, nuestra historia resultaría vergonzosa o poco creíble.

– Si mi gloria existe, y puede verse, está en tus ojos- susurró sentada en la silla de asiento de rejilla que tanto adoraba.

El que decía tenerlos escuchó la concesión, una más. Y claro, sonrió por última vez y me recordó al poema de Lope que esconde e interroga si yo también lo probé. Si fue así.

(Fotografía cedida por Ana V. Francés, a quien va dedicado el texto)

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