Allí donde algo sucede

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Sólo haciendo un gran esfuerzo llego a recordar el color de ojos de mi padre, el objetivo de varias de sus ‘novias’ se interpuso entre su mirada y la mía desde que tengo uso de razón. Amaba la fotografía por encima de muchas cosas. Trabajó para estudios, revistas y diarios, pero nada de eso le gustaba más que los ratos libres con su tesoro.

No conocía peligro cuando veía el mundo a través de la cámara. Ahora me doy cuenta de por qué cada músculo del esbelto cuerpo de mi madre se tensaba cada vez que mi padre se colgaba al cuello la Canon EOS 500D que ella misma le regaló. No es que él fuera un insensato sin cabeza ni límites, pero encontraba la razón de ser de la fotografía en la justicia social, y tanto en aquellos tiempos como  en estos, para defenderla conviene esquivar ciertos riesgos. Riesgos que mi padre, por supuesto, estaba dispuesto a sortear. Ojalá hubiera heredado su valentía.

Vuelvo a visitar con frecuencia el trastero que hizo las veces de sala de revelado en el antiguo apartamento de mis padres. El bajón económico al que nos empujó la crisis de hace nueve años me obligó a dejar el piso de alquiler y trasladarme, con mi mujer y mis dos hijas, a la casa de la calle Pez que compraron cuando yo ni siquiera había nacido. Entre los trastos de la habitación roja –como suelo llamarla– encontré ayer una caja con algunas fotos familiares y un sobre en el que entre grietas se podía leer mi nombre.

Parecía que un regimiento de hormigas recorriera cada una de mis extremidades y mi boca no hubiese probado ni gota de agua en años. En un gesto inconsciente de incredulidad froté mis ojos hasta hacerme chiribitas. Era una carta de mi padre y me extrañó, él siempre fue más amigo de las imágenes que de las palabras:

“Supongo que si estás leyendo esto es porque una vez más has hecho caso omiso a mi prohibición de inmiscuirte en mis cosas. Es una buena señal, significa que te sigue matando la curiosidad con la misma intensidad de siempre. Antes de nada querría que supieras que te quiero más que a ninguna otra cosa, tengo por seguro que me he ganado a pulso tus instantes de duda. Se ocupa de que no te des cuenta, pero tu madre me reprocha constantemente entre susurros el excesivo tiempo que paso fuera de casa buscando historias.

Confío en que llegues a entenderme y en que me tomes el relevo, que busques en lo grande y en lo insignificante, en lo bello y en lo siniestro. Busca donde no quieren que encuentres, busca emociones y no dejes que nadie te impida hacerlo.

La fotografía, como cualquier forma de comunicación, ha sido históricamente miel en los labios de los poderosos, lo habrás aprendido. Individuos influyentes buscando la manera de influir en individuos corrientes.  Todavía no te das cuenta, pero vivimos en un mundo en el que te castigan si te sales del rebaño que tanto esfuerzo ha costado educar a los cuatro pastores de turno. No sé si las cosas habrán mejorado para cuando estés leyendo esto, pero hoy, hijo, los de arriba tienen miedo a que salga la imagen que les desmonte la faraónica mentira que han levantado.

Acostúmbrate a vivir continuamente observado y ser clandestino cuando tu observes, y mucho más si eres amigo de la imagen, como yo. Temen la imagen verdadera, esa de la que siempre te hablo. Sé noble con la fotografía y no manches su labor.

Hoy han aprobado una nueva ley, el gobierno la denomina algo así como Ley de Seguridad Ciudadana, en la calle la llamamos “Ley Mordaza”. Imagino que no te sonará nuevo, una vez más habrás sido tan curioso como para saberlo todo. El caso es que yo, al igual que muchos de mis compañeros, decidí hace mucho comerle el terreno al miedo y estar allí donde algo sucede. De nuevo vuelvo a tener la sensación de cercanía con el peligro que no recordaba desde que volví de Perú, he de reconocer que me entusiasma. En mi temporada en Sudamérica trabajé mucho y con muchas ganas. Para llegar a eso tuve que familiarizarme con algunas recomendaciones de los compañeros expertos en zonas de conflicto.

Me acostumbré a las máscaras antigás, los cascos y la preparación de las rutas de salida rápida del lugar. Protesté cuando me aconsejaron evitar situarme en las franjas de disturbio, y comprendí el aviso cuando las tanteé. Caí en la cuenta de que la figura del fotógrafo tenía más enemigos que amigos, y de que tenía que perder el miedo pero custodiar el respeto. Cuando regresé a casa después de ese viaje, todo estaba tan tranquilo que relegué al recuerdo esas viejas precauciones. Quizá me vuelvan a hacer falta.

Te escribo esto en este momento porque veo cómo la libertad real se torna en formal. Espero no llegar demasiado tarde, que no hayas caído en el miedo y guardado la cámara en el armario con todos esos trastos sin uso que te gusta guarecer. Y no te confundas, hijo, mis palabras son de aliento. Déjate llevar donde haya algo que merezca la pena contar, y cuéntalo de la mejor forma que sabes hacerlo. Con la fotografía, que sea un reflejo y que no te la quiten.”

 

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Imagen (editada) extraída de La Voz de Galicia

Más información: Plataforma No Somos Delito

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