Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer

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Está claro que nunca lo volverá a hacer. El pasado 12 de septiembre del 2008 David Foster Wallace se quitaba la vida. Se ahorcaba y junto con él su mano con la que nunca volverá a escribir. Los pies a medio metro del suelo, pero eso no nos sorprendía siempre le había gustado ver las cosas desde ahí arriba. Lo tenía todo, escritor estadounidense, profesor de escritura creativa en la Universidad de Illinois, vivía de lo que le apasionaba, casado, media vida por delante y lo mejor de su trayectoria profesional estaba aún por llegar. Lo tenía todo, pero a veces no es suficiente, cuando te encuentras lleno de nada.

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer es el título de una de sus obras. Una colección de ensayos donde Foster Wallace muestra la realidad americana tal y como es, es decir, con todos sus defectos. Es una crítica a su propia sociedad, con humor, con ironía, con una prosa ágil. Se habla de un país donde todo va muy bien en términos económicos, pero sin embargo sus habitantes se sienten cada vez más infelices.

Ahora mismo estoy leyendo este libro y cada vez que Foster Wallace me arranca una carcajada, cada vez que me río de su peculiar forma de relatar una sociedad en la que ni a él le gusta vivir, cada vez que paso una página, no puedo dejar de preguntarme: ¿por qué una persona así decide que su vida no vale ser vivida?

Y me asalta la duda. Tenía todo y más. Una mente demasiado espléndida, pero con el pequeño defecto de que en una parte de ella existía un impulso suicida. Foster Wallace era consciente de ello, por eso alguna vez pidió ser ingresado en una unidad de vigilancia hospitalaria ya que no se sentía capaz de controlar su pulsión suicida. Ya avisaba en sus libros de su instinto a quitarse la vida, pero nadie supo distinguir literatura de realidad, quizá porque son lo mismo o quizá porque esta vez la realidad tenía demasiado de ficción.

Le enfadaba que la gente se quedase con el humor de su novela y no supiese ver los aspectos sobrios que en ella había, y así lo comentaba en una entrevista: “Desde un punto de vista materialista los Estados Unidos son un buen lugar para vivir. La economía es muy potente, y el país nada en la abundancia. Y sin embargo, a pesar de todo eso, entre la gente de mi edad, incluso los que pertenecemos a una clase acomodada que no ha sido víctima de ningún tipo de discriminación, hay una sensación de malestar, una tristeza y una desconexión muy profundas”. Foster Wallace no sabía convivir con esa tristeza, no le apetecía vivir en una sociedad donde el término vida era tan efímero que podía desaparecer a cambio de un poco de petróleo. Donde la vida se cuenta por números y no por los momentos en los que realmente te sientes vivo.

Le pasó lo mismo que a Estados Unidos “De alguna extraña forma parecía que había algo muy americano en lo que estaba pasando –recordó en una entrevista en 1996 después de haber pedido ser ingresado en la unidad de vigilancia para suicidas de un hospital–. Las cosas estaban yendo mejor y mejor para mí en términos de todo lo que había pensado que quería, pero me estaba volviendo más y más infeliz”.

Es considerado uno de los miembros de lo que se puede denominar como New Journalism. Líder de una generación que incluye a nombres como William T. Vollman, Richard Powers, A. M. Homes, Jonathan Franzen o Mark Layner. Otros títulos de su obra son La niña del pelo raro, Entrevistas breves con hombres repulsivos, Extinción y Hablemos de langostas. Aunque su obra más importante considerada por la revista Time una de las 100 mejores novelas en lengua inglesa desde 1923, es La broma Infinita. Hasta que un 12 de septiembre con 46 años Foster Wallace decidió ponerle fin a La broma infinita.

¿Ahora quién va a defender la televisión como la forma narrativa del futuro? Él lo hacía. Reconocía la labor de la televisión, pero siempre en pequeñas dosis, decía que el nexo donde televisión y narrativa convergen y se dan la mano es la ironía autoconsciente. ¿Y ahora quién va a utilizar ese tono de humor amargo, profundo, disfrazado de sarcasmo para camuflar la realidad?

Y no dejo de preguntarme porqué una persona que aparentemente lo tiene todo, decide separarse medio metro del suelo, distancia suficiente para que la vida deje de ser vida. Leo en un periódico que se ha descubierto que el cerebro de un suicida carece de algo que tienen los demás cerebros sanos, y es lo que lleva a los suicidas a decidirse por quitarse la vida. La verdad, no sé si me lo creo.

Foster Wallace lo tenía todo, pero no es suficiente cuando te encuentras lleno de nada. Cuando te falta la sensación, la certeza de estar vivo.  O puede que, al igual que Kurt Cobain, Foster Wallace fuese demasiado perfecto para este mundo.

Fuentes del texto:
www.elpais.es
Fuentes de las imágenes:
www.google.es

1 Comentario

  1. La frase final me ha dejado pensando… cuántas veces lo tenemos todo.. y nos sentimos vacíos… pero siempre hay algo por lo que aferrarnos a la vida… no crees? un Bsito Pauliña!

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