“Simiocracia”, o la república bananera de Aleix Saló

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¿Que quién es Aleix Saló? ¿Acaso ha vivido usted en una cueva durante el último año? De acuerdo, de acuerdo, procedamos a realizar las presentaciones. Saló es un chico al que le gusta dibujar tebeos. En abril de 2011 decidió publicar un cómic titulado Españistán y, para promocionarlo, colgó un vídeo en Youtube donde explicaba los orígenes de la crisis española. Ni él mismo se lo esperaba, pero el corto de animación fue un exito instantáneo. Las redes sociales se volvieron locas y millones de personas conocieron al responsable, un joven dibujante que apenas contaba con otra obra en el mercado.

Aleix Saló

Han pasado trece meses desde aquel ‘boom’ y Saló continúa a lo suyo: denunciar las tropelías cometidas en nombre del capitalismo. Esta vez el ariete se llama Simiocracia (Mondadori), un libro que desgrana los tejemanejes impúdicos de las clases política y empresarial, principales responsables de que el mundo afronte su peor recesión económica desde el Crac del 29. Armado con toneladas de humor y la dosis justa de mala leche, el autor hace un retrato de los distintos factores que nos han empujado a este presente dramático.

¿Qué tal el salto a un gigante editorial?
Muy bien. Estuve negociando con tres editoriales y, curiosamente, ninguna era de cómic. No sé si he traicionado un poco al sector de los tebeos, pero Simiocracia es un intento de acercamiento al lector tradicional. Es un libro que no renuncia al dibujo, pero donde el texto tipografiado tiene mucho peso. No sé exactamente qué he hecho: a mí me parecía un cómic, que es una palabra de la que me enorgullezco mucho, pero en la editorial me decían que parecía un ensayo ilustrado.

Portada "Simiocracia"

Quizás por la ausencia de viñetas…
Es curioso, porque el libro empieza con mucha viñeta y mucho bocadillo, pero a medida que llega al final y se pone más denso, acaba siendo una estructura de párrafos acompañados por dibujos. Saqué la historia que tenía en la cabeza, sin seguir un formato, registro o tipología concreta. He hecho lo que he querido y eso también es de agradecer.

Sobre todo teniendo en cuenta que era su primer trabajo para una editorial que no se dedica exclusivamente al cómic.
Totalmente, aunque también es cierto que Mondadori tiene el sello Reservoir Books. En las negociaciones previas, lo primero que puse sobre la mesa fue el tema del precio: quería un libro de menos de diez euros y un ‘ebook’ de menos de tres euros. La única forma de cumplir esa propuesta era publicar en DeBolsillo, lo cual me pareció cojonudo, porque el blanco y negro me apetecía mucho.

¿Por algo en especial?
Quizás porque acabé un poco descontento con los colores de Españistán, de cómo quedaron en el papel satinado, así como de algunos aspectos físicos del libro que yo no decidí. Por otro lado, creo que el blanco y negro resultaba idóneo para esta intentona de publicar un material más maduro, porque la gráfica tiene que ser efectista, pero lo importante es el contenido de la historia.

¿Ha madurado mucho en este último año?
Me refiero a la idea de hacer un discurso más adulto. Españistán era una gamberrada y, además, una historia de ficción. Simiocracia es una vuelta a lo que hice en mi primer cómic, Fills dels 80, que es una historia más discursiva, más argumental, con una voz en ‘off’ (texto escrito) que se va ilustrando con imágenes y comentarios de personajes anónimos. En ese sentido me acerco más al periodismo, pero sin pretender ir de periodista, porque no lo soy. Más que madurar, se podría decir que he aprendido de mis errores, y eso lo haces a cualquier edad.

Respecto al precio del libro, ¿era una forma de hacer justicia al momento de crisis actual?
También, pero no sólo porque considerara que este año sería muy duro en cuanto a ventas, sino porque creo que es el precio que deberían tener tanto los ‘ebooks’ como este tipo de libros. Pretendo que este trabajo sea algo popular, divulgativo y de lectura amena. De hecho, estaría encantado de que lo recomendaran para chavales de instituto, que pudiera servir de complemento para sus materias de estudio.

El fenómeno Españistán estuvo muy bien, pero era consciente de que el vídeo había generado unas expectativas de discurso que no se correspondían con el libro. En Simiocracia he intentado acoplar los registros y, además, creo que se genera una influencia de ida y vuelta, porque el vídeo se nutre del libro y el libro funciona como mis ideas para vídeo trasladadas al papel. En muchos casos, cuando se me ocurría un gag, me preguntaba dónde podía encajar mejor.

Cuando le entrevisté por última vez, recuerdo que comentamos su aparición en el programa “La economía”, del Canal 24 horas de TVE, donde dijo aquello de “yo, un insignificante dibujante”. Ahora, en el prólogo de Simiocracia, afirma que quiere mantener su ego “a la altura que le corresponde: el sótano”. ¿De verdad es tan humilde o hay algo de pose?
Cuando haces algo creativo y quieres que tenga repercusión, es innegable que hay un orgullo y un ego haciendo de combustible para trabajar en condiciones que, en ocasiones, son bastante precarias. Cuando el trabajo no es placer, sólo te queda continuar adelante por una cuestión de autoestima, de búsqueda de reconocimiento. Dicho esto, crear también es una terapia constante de restar importancia a lo que haces. En el fondo no soy más que un grano de arena en la playa cultural, pero cuando te encierras en tu trabajo durante doce horas diarias, a veces puedes perder un poco el norte. Es un equilibrio complicado: tomarte en serio tu trabajo y, al mismo tiempo, no tomarte en serio a ti mismo.

La modestia es una cualidad muy apreciable, pero no se puede obviar que Españistán vendió más de 20.000 ejemplares, una cifra muy importante para los estándares del cómic; el vídeo lo han visto hasta la fecha más de 4.500.000 millones de espectadores; ha firmado por una editorial de talla mundial; el vídeo de Simiocracia fue ‘trending topic’ de Twitter a las dos horas de su publicación…
Los elogios no van a salir de mi boca, porque aún tengo mucho que mejorar y mucho que aprender. Eso no llegará si empiezo a tirarme flores. Me siento satisfecho con la acogida de mi trabajo.

Esa modestia, ¿podría ser una especie de colchón por si se pega un tortazo con Simiocracia?
Es posible. La modestia también es una forma de tomar distancia de tu trabajo, que tu estado de ánimo no se vea muy afectado si las cosas van muy bien o muy mal. Euforias y depresiones son muy contraproducentes. Pero tampoco nos engañemos: no he ganado un Goya ni estoy triunfando en Hollywood. Soy un dibujante que ha hecho un par de vídeos, pero mucha gente se olvida tal cual los ve, porque estamos en una cultura que engulle contenidos por Internet a una velocidad enorme. Al día siguiente, la noticia ya es otra. Por eso debo autoconvencerme de que aún no he conseguido nada.

Sin embargo, el vídeo de Españistán tiene cada día nuevas visitas, se sigue retroalimentando, y eso le da más visibilidad al autor.
Imagino que sí, pero también llega un momento en que los vídeos dejan de ser tuyos y se convierten en algo de la gente, y más por la forma en que yo los cuelgo, sin restricciones a la compartición o a la descarga. Simiocracia fue ‘trending topic’ a las dos horas, pero tan sólo una hora más tarde ya lo habían clonado en otros canales y, al día siguiente, se lo habían descargado los principales medios para ponerlo en sus propios reproductores. La cifra de visitas que el vídeo tiene en mi canal de Youtube no representa ni la mitad de visionados reales.

Teniendo en cuenta los antecedentes, ¿da un poco de vértigo sacar un nuevo libro y un nuevo vídeo?
No lo sabría decir, porque a veces vivo tanto en mi burbuja sociopolítica que me acabo perdiendo. La etapa de Zapatero no la he abordado hasta que he hecho Simiocracia, y es muy probable que la etapa de Rajoy no la analice hasta dentro de unos meses. Necesito tomar distancia para analizar las cosas, incluido mi propio trabajo. Son muchos factores a tener en cuenta y en mi caso es aún peor, porque soy muy obsesivo, pero si algo me gusta de Simiocracia es que funciona como un ‘pack’ completo: todo lo que se acoge bajo el paraguas de Simiocracia es coherente.

En el prólogo afirma que su cómic es “un refrito de datos aportados por los medios de comunicación”, y que su forma de describir los capítulos cae en “simplificaciones u omisiones para componer un relato más accesible”. Tras el éxito de Españistán, usted recibió ciertas críticas, procedentes de sectores muy determinados, que quisieron dilapidar su trabajo por falta de rigor. ¿Ha querido protegerse de esta clase de situaciones?
Soy el primero que se expone a este tipo de análisis, porque estoy jugando con un material muy sensible, así que debo darles un poco la razón. Hago humor, pero utilizo estadísticas y doy conclusiones. No me queda más remedio que apechugar con las consecuencias.

Muchas de las críticas a Españistán eran ideológicas: en plena crisis “zapateril”, algunas personas se cabrearon porque recordé la época de Aznar como origen de los males económicos. Además, los comentarios se basaban en una lectura muy simplista: “le quitas la culpa a Zapatero y se la echas a Aznar”. Seis minutos de vídeo y sólo pudieron sacar esa conclusión…

Hubo otra gente, en este caso analistas económicos, que se pararon a estudiar el vídeo de forma pormenorizada, haciendo una crítica mucho más constructiva y que agradezco profundamente. Con Simiocracia he tratado de ser más riguroso, pero partiendo de la premisa de que es un producto de humor; tampoco es un punto y final, sino un punto de partida para despertar el interés de las personas y que se sigan informando en sitios más serios. Sólo faltaría que en esta época, con gurús económicos en cada esquina, salga el dibujante a hacer predicciones económicas. ¡Sería el acabose!

Españistán salió un mes antes de que estallara el 15M, y a usted se le quiso convertir en una especie de referente de la causa indignada. ¿Se llegó a sentir incómodo en algún momento?
No me incomodaba en absoluto la relación con el movimiento, de hecho me parecía un honor, pero sí me dio respeto, porque yo me dedico a vender libros. Si con eso puedo añadir información, por mí genial, pero arrimarme a un movimiento ideológico me habría parecido muy deshonesto, sobre todo teniendo en cuenta que el 15M es una causa noble y desinteresada. Una cosa es que yo, de forma anónima, pueda ir a una manifestación, pero unirme al movimiento como profesional me habría parecido fuera de lugar.

Las críticas a Españistán llegaron, en su mayoría, desde sectores bastante retrógrados de la prensa española. Casi les faltó decir que usted era “el dibujante perroflauta”.
Con el vídeo de Simiocracia, donde prácticamente sólo sale Zapatero, he recibido el aplauso de Forocoches. ¡Hasta Herman Tertsch ha ‘twitteado’ el vídeo! En este país se hace una lectura muy simple de las cosas: “¿Este es pepero o socialista?”. Por favor… Creo que ya ha quedado claro que no tengo ninguna necesidad de adular a un partido político, es algo que ni me va ni me viene.

Hablando en concreto del libro, Españistán fue una historia de ficción sobre los “canis”, esos chavales que durante la época de bonanza dejaron los estudios para ponerse a trabajar. En Simiocracia ha narrado la historia del capitalismo desde 1929 a la actualidad, basándose siempre en hechos contrastados. ¿Cómo ha sido el trabajo de documentación?
Muy intenso. No diré que ha sido profundo, porque conozco el sector donde me muevo y no quería entrar en competencia con periodistas, economistas o analistas. Más que entrar a fondo en algunos aspectos, mi intención era cohesionar ese análisis tan atomizado que recibimos a diario de los medios de comunicación. Hoy tenemos más información que nunca, pero a veces es muy difícil hacer un seguimiento a largo plazo de los acontecimientos y ponerlos en su contexto. Ahí reside el interés de Simiocracia, en hacer un retrato más general no sólo de la situación actual, sino también de otros momentos históricos como la Gran Depresión de Estados Unidos. Al mismo tiempo, todo eso se aliña con anécdotas personales y titulares curiosos de la prensa de los últimos años.

Los yankis han hecho películas de Abraham Lincoln, Richard Nixon o John Fitzgerald Kennedy, pero no parecen muy interesados en hacer una con Herbert Hoover de protagonista…
Se nota que no guardan el mismo cariño por unos presidentes que por otros, pero eso ocurre en cualquier país.

Al final de la introducción hay un monigote que sujeta un cartel, donde se puede leer: “Mi yo del pasado se gastó todo mi dinero presente y futuro”. Ese señor con sombrero podría ser el tatarabuelo de La Tía de la Lejía…
Un poco sí (risas). Cuando se relata este capítulo en el libro, creo que los paralelismos son tan evidentes que no hace falta explicitarlos. La gente se da cuenta de las comparaciones entre Herbert Hoover y Zapatero, entre la actitud de los estadounidenses de finales de los años veinte en relación con la de los europeos actuales…

¿Qué viene a demostrar su libro: la historia es cíclica, el ser humano es estúpido por naturaleza o ambas cosas al mismo tiempo?
Estoy encantado de que el lector saque sus propias conclusiones. Creo que hay muchos puntos de vista interesantes para aprender de los errores cometidos en los últimos años, que se han caracterizado por la falta de reflexión antes de actuar.

Simiocracia funciona como una madeja en la que usted une un montón de hilos que parecían estar cada uno por su lado. ¿Ha sido muy complejo el proceso de estructurar toda esa información?
Era uno de los grandes retos, hilvanar tantos temas que en apariencia parecen diferentes, pero que cuando los unes adquieren un matiz completamente distinto. Me encantaría que el libro se pudiera usar en institutos; no como una pieza central, evidentemente, pero sí como un complemento. En ese sentido, el cómic y la cultura pueden jugar un papel muy esclarecedor y aportar una óptica más relajada. Las crónicas periodísticas, sobre todo las económicas, son excesivamente frías para que el lector pueda recurrir a ellas de forma cotidiana.

De alguna forma, su libro se parece mucho a los publicados en la serie Pequeña historia de…, realizada por el dibujante Julius en compañía de diferentes escritores.
No conocía estos trabajos, pero me despierta la curiosidad. Está claro que ningún formato es novedoso. Es muy posible que yo, casi sin darme cuenta, haya sido el continuador de otro autor con obras similares y publicadas en los últimos años. El propio Forges, por poner un ejemplo, tiene un libro bastante conocido sobre la historia de España durante la Transición, y este tipo de formato ha surgido en varios momentos de la historia del cómic. Por supuesto, cada creador lo pasa luego por su filtro personal.

Españistán y Simiocracia no narran el mismo tipo de historia, pero ambos libros comparten una temática común: la crisis económica. ¿No temía resultar repetitivo?
Pues un poco sí, pero en el primer libro sólo me cupo la mitad de todo el material que había recopilado. Decidí reservar una parte para darle la extensión apropiada, y de ahí viene Simiocracia.

Es posible que estemos gobernados por ineptos, pero da la impresión de que los mayores simios somos los ciudadanos de a pie, los que vemos “Sálvame” o “Punto pelota” y pasamos olímpicamente de otras realidades más trágicas…
A nivel individual, el ciudadano tiene las manos atadas para actuar de una forma más activa y directa, y a nivel colectivo se han hecho algunos intentos, pero cambiar la realidad es mucho más difícil de lo que parece. Si de algo nos podemos culpar, y aquí nos incluyo a todos, es que sólo nos quejamos cuando la economía va mal; mientras todo parece que va bien, no nos preocupamos en absoluto por las decisiones que nos llegan desde arriba. Si hay un buen sueldo y facilidad para el consumo, hacemos la vista gorda sobre los tejemanejes de los poderosos.

¿Qué piensa acerca de las medidas económicas del Gobierno, con recortes muy duros, subidas de impuestos y amnistías fiscales?
Me parece demencial, aunque supongo que esto lo pensamos todos. Lo que debemos preguntarnos es por qué hemos permitido que llegara este punto, en el que esta clase de medidas parecen comprensibles. Llevamos tres años y pico de recesión, y sólo ahora se están tomando medidas muy agresivas. A poco que lo estudie, cualquier persona se dará cuenta de que llevábamos demasiado tiempo poniendo parches.

Lo malo es que se pone en tela de juicio la pervivencia del Estado del Bienestar…
Ese es el gran miedo, perder algo que tanto ha costado conseguir. Pero también podemos preguntarnos hasta qué punto el Estado del Bienestar nos ha venido regalado, gracias sobre todo al apoyo de la Unión Europea y al flujo de capital extranjero, y si alguna vez hemos sido capaces de mantener por nuestra cuenta una estructura de este tamaño.

Quizás no se trate de que los jóvenes seamos capaces de mantener el Estado del Bienestar, sino de que las condiciones actuales ya no lo hacen viable...
Estoy completamente de acuerdo. La nuestra es la historia de un desengaño. Si algo tenía la bonanza no era un bienestar real, sino un bienestar psicológico, la idea de que el futuro siempre sería mejor. En años pasados, cuanto la situación era relativamente buena, parecía que ya habíamos superado ciertos vicios que no se volverían a repetir, como las guerras o la pobreza. Tenemos mayores avances, pero las penurias sociales siguen estando ahí. No somos inmunes ni invencibles, como quizás quisimos creer. Esa es la moraleja de toda esta recesión, al margen de la merma de capacidad económica.

A lo mejor no ocurre mañana, pero cuando la gente se vea absolutamente ahogada, es posible que se vivan casos de violencia social, de que el pueblo salga a la calle y arrase con lo que se ponga por delante…
Y no será una manifestación racional, sino una vía para desfogar todo el malestar. Nadie quema un banco porque piense que así se soluciona algo, sino por una necesidad de venganza. No digo que esta clase de actos fuesen justificables, pero sí entendibles.

En su libro también denuncia la apatía de la gente, incapaz de levantarse contra las injusticias. ¿Qué parte de culpa tienen los medios de comunicación en ese aborregamiento?
Lo que nos está ocurriendo es una tormenta perfecta de muchos factores. Soy el primero en hacer parodia de los medios, pero creo que sería injusto culparles sólo a ellos de la idiotización de la sociedad, porque al fin y al cabo cumplen su papel. A mí me indignan más ciertos informativos, porque retratan la realidad de una forma simplista y sensacionalista, enviando el mensaje de un mundo dividido en buenos y malos.

Hace poco discutí con un amigo sobre las agencias de inteligencia de Estados Unidos, que se muestran inútiles a la hora de esconder sus grandes “secretos”, como el intento de asesinato de Fidel Castro o el platillo extraterrestre que nunca se estrelló en Nuevo México. Es otra muestra más del principio de Hanlon, el cual usted defiende en el vídeo de Simiocracia...
Quizás sea el punto que más debate ha generado, porque mucha gente cree que esta crisis ha sido un plan malévolo y orquestado desde las altas esferas. Tengo la manía de pensar que el ser humano es bastante más estúpido que todo eso, y nadie es capaz de ser tan efectivo a la hora de llevar sus planes a esta escala mundial. La historia de la sociedad no se escribe con proyectos meticulosos y estudiados, sino a través de situaciones imprevistas y líderes ineptos.

En España uno puede criticar a los políticos, a la Casa Real, a los medios, a la SGAE…, pero meterse con el fútbol son ganas de jugarse el tipo.
He sido un poco temerario, pero puestos a retratar la historia de los últimos cuatro años, era imprescindible hablar de ese capítulo, y más teniendo en cuenta el movimiento de patriotismo que lideró la selección. Mucho “yo soy español, español, español”, pero luego facturan sus primas en Austria porque los impuestos son menores.

Los casos de los deportistas salen más a la palestra, pero vamos a ser claros: lo haríamos todos si pudiéramos. La corrupción está asociada a personas con mucho dinero y poder, pero quién no tiene un amigo o un familiar que defrauda a Hacienda. No voy dar nombres, pero en mi entorno es algo común. Y no sólo es común, sino que nadie se atreve a afear esta clase de comportamiento, ¡porque se consideraría de mala educación!

Una situación así no se daría en otras sociedades, donde el defraudador recibiría críticas muy duras por parte de quienes le rodean.
Acabas de dar en el clavo. La solución es tener un espíritu de honradez a nivel social; pedimos honradez a las otras tribus, pero en la mía permito la corrupción con gran naturalidad. No es de extrañar que, cuando un político mete mano en la caja, sus más allegados no sólo no lo vean mal, sino que encima le ayuden a esconderlo. Siempre es posible que salga una manzana podrida, pero me ofende que el entorno no reaccione para expulsar ese elemento tóxico. Muy al contrario, lo apoya sin vacilar.

Y también hemos llegado a ese punto que usted describe en el libro, cuando la corrupción ya no genera aversión, sino empatía y casi admiración.
Es mera psicología de supervivencia: tenemos un límite de indignación y, una vez lo hemos rebasado, a otra cosa. ¿Qué vas a hacer?

Para ir terminando, ¿hacia dónde se encaminarán sus próximos trabajos?
Tengo muchas ideas, pero ni un segundo libre para prepararlas. Llevo sólo tres días de promoción y es posible que dure un par de meses. También necesito descanso, porque vengo de unas épocas interminables de curro. Empalmé la promoción de Españistán con nuevos encargos, y el vídeo de Simiocracia se terminó un día antes de estrenarlo. Ahora necesito airearme y recuperar el aliento, pero en el futuro me gustaría cambiar de registro. No todo tiene que ser política, economía y sociedad, y creo que hay muchos otros temas en los que también disfrutaría, como por ejemplo la historia.

¿Ha sido un año muy extenuante? ¿Se siente al borde de la saturación?
Suelo vivir en ese límite, tanto a nivel físico como psicológico.

Sí, pero estos últimos doce meses han debido ser muy especiales…
Lo iré apreciando con el tiempo. La única pena es que no he podido disfrutarlo. Y cuanta más repercusión tenga mi trabajo, quizás disfrute todavía menos, porque no dejo de pensar que tengo que estar a la altura, mejorar, ser profesional… Quizás sea demasiado perfeccionista…, o pesimista, según se mire.

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 Imágenes cedidas por Random House Mondadori

6 Comentarios

  1. Españistán es un comic que relata de forma muy acertada y en clave de humor el comienzo de la crísis, pero con Simiocracia Aleix Saló ha estado todavía más fino. Me ha gustado mucho como carga contra los verdaderos culpables-

  2. A la altura del Diálogo de los muertos de Luciano de Samósata. Una obra satírica de elevadísima estatura la de Saló, que trasciende géneros e incluso medios y que instruye deleitando. Diez sobre diez.

  3. […] Hace unas semanas el periódico La Vanguardia publicaba un artículo en el que se resaltaba el comentario del autor Eduardo Mendoza, que se lamentaba de que el escritor ha pasado a ser un producto más del engranaje del marketing del libro si quiere que su obra se venda. Incluso la editora Sandra Bruna reconocía que tienen en cuenta el perfil de los autores a la hora de lanzar títulos al mercado. Pero, ¿por qué pasa esto? ¿Cuál es el motivo para que la imagen de l@s escritor@s haya pasado a ser tan valiosa en la promoción de sus libros? ¿Realmente es tan importante que el autor de moda sea, además de buen escritor, guapo, simpático y con estilo? En el mundo del marketing, somos lo que parecemos Para poder responder a estas preguntas realizaremos un pequeño ejercicio. Imaginemos que vamos al supermercado a comprar una pieza de queso curado de oveja, nuestro preferido. Nos encaminamos decididos a las cámaras de frío y nos damos cuenta, sorprendidos, de que la marca de queso que estamos acostumbrados a comprar no está a la venta. En su lugar, encontramos tres marcas nuevas que nunca hemos probado y de las que no tenemos ningún tipo de referencia. Sin tiempo para buscar en otro supermercado y sin ningún dependiente que nos ayude a decidirnos por alguna en particular, nos enfrascamos en el difícil proceso de elegir cuál de las tres marcas es la que mejor relación calidad-precio tiene. Sin embargo, nos encontramos con que, a simple vista, todas tienen las mismas características: precio, composición, calidad, cantidad y denominación de origen. No hay nada que las distinga, a excepción del envoltorio: dos de ellos vienen empaquetados en unos simples plásticos transparentes, en los que, además del nombre de sus marcas y unos simples logos, se enumeran los porcentajes de los ingredientes del queso, su procedencia, su calidad, fecha de consumo preferente, etc. El envase del tercer queso también está formado por un plástico en el que viene impresa la misma información que en los otros dos, pero con la diferencia de que, además, muestra una preciosa imagen de un prado verde con ovejas pastando plácidamente. Es bonita, relajante, sus colores son llamativos y refleja la imagen que casi todos los habitantes de las grandes ciudades tienen sobre cómo debe ser una granja de animales. Ni que decir tiene que existen unas altísimas probabilidades de que escojamos este último queso solo porque el embalaje nos ha cautivado. Puede que al llegar a casa y probarlo nos demos cuenta de que no nos gusta, pero la compra ya está hecha. Salvando las distancias y teniendo en cuenta que la comparación solo sirve para este artículo, en los últimos años los escritores han pasado a ser los envoltorios de los quesos de nuestra historia. El exceso de oferta de libros hace de la diferenciación de los autores una máxima La aparición de las plataformas digitales de ventas de libros ha abierto el mercado a todos aquellos autores que antes no tenían posibilidades entrar en la restrictiva élite editorial. Amazon y Wattpad, entre otros, están a rebosar de autores que prometen haber escrito el libro definitivo que prueba la existencia de Jesucristo o que dicen haber redactado la obra de la que todo el mundo habla. Hay miles de escritores con estilos prácticamente idénticos, con argumentos similares y entre cuyos sugerentes títulos los lectores no saben qué escoger. Por tanto, ante tal avalancha de autores de características literarias semejantes que buscan un hueco o que quieren mantener el que tanto tiempo llevan defendiendo, la única forma que tienen de atraer a los lectores para que compren sus libros es diferenciarse con su imagen o con una marca personal única e intransferible. Porque no nos engañemos, aunque sea políticamente incorrecto, los seres humanos juzgamos un libro por su portada y ahora, además, por la de su autor. Una impecable imagen del autor, esencial en las ventas de sus obras Es por eso que en los últimos tiempos se ha vuelto vital que las agencias literarias y las editoriales trabajen de forma ardua en la imagen de sus escritores, que ya no son seres atormentados que escriben en buhardillas malolientes, sino que se han convertido, o deberían convertirse si quieren vender, en personas con estilo, guapos y glamurosos, que se pasean por las casetas de las ferias de libros sin sudar, posando sonrientes en las fotos con sus fans y creando arte en cada autógrafo que firman. Son estrellas de cine versión literaria. Por tanto, la respuesta a la pregunta que nos hacíamos al principio de este artículo, la que cuestionaba por qué es tan importante la imagen del autor, es que desde el punto de vista del marketing y ante el exceso de oferta, solo aquellos productos (=libros y sus autores) que se distingan de los demás, serán los que capten la atención de los consumidores (=lectores o compradores de libros) y tengan más opciones de ser comprados. La foto que ilustra la entrada la hemos encontrado en esta entrevista. […]

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