Alberto Arce: “La amistad, las pollas largas y el periodismo de guerra están mitificados”

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Portada del libro "Misrata Calling"

La imagen es una de las muchas que circulan por Youtube de la captura de Muamar Gadafi. En esta en particular se ve a un chico joven, que no pasa de los veintipocos años, sujetando con su mano derecha la cabeza muerta y ensangrentada del dictador. En la izquierda, el arma bien prieta. Los presentadores de los informativos comentan la escena y la inundan con descalificaciones. Acusan a los rebeldes de actuar con la misma inmisericordia con la que se empleaban Gadafi y sus tropas. 

El joven que sujeta por los pelos el rostro del dictador se llama Omran. Su historia es más compleja que ese violento fotograma de unos cuantos segundos en el telediario o unas cuantas palabras sobre el papel. Para entender por qué un chico “educado, elegante y despistado”, “al que no le gustaban las armas”, acaba formando parte de una de las unidades más fieras de la guerra Libia se necesita un periodismo que aúne tiempo, cercanía y proximidad. Mucho más que el trabajo que se exhibe en las grandes cabeceras. Esa es una de las principales conclusiones de Misrata Calling, la crónica del reportero español Alberto Arce sobre la liberación de la “Stalingrado libia”, Misrata, el bastión rebelde que acabó con los 42 años de dictadura de Gadafi. 

El texto, editado por Libros del K.O., vindica el periodismo sosegado, ese que se detiene para analizar el contexto y los factores que desencadenan el conflicto, con la intención de aportar el más amplio abanico de elementos de interpretación al lector. Un periodismo que se construye a contracorriente de las grandes cabeceras, que se realiza, como apunta Arce, con causticidad, “a pesar de los medios”. 

Misrata Calling relata en primera persona, con honestidad y pinceladas de ironía, las peripecias de Arce (Gijón, 1976) en la primera línea del frente de la tercera ciudad en importancia de Libia. Desde la planificación del viaje en España –fruto del desempleo y la “necesidad” de buscar historias-, pasando por las andanzas en el barco clandestino que lo llevará a territorio libio vía Malta, hasta la narración de los percances y las situaciones a las que debe enfrentarse un reportero de guerra en la primera línea de combate. Por todas estas situaciones se pasea Arce en un texto que bien podría leerse como un manual para ‘freelance’ –para “periodistas pobres”, escribe Arce-, en el que el escritor intenta desmitificar la profesión, porque, asegura, “la amistad, los estudios universitarios, las pollas largas y el periodismo de guerra están sobredimensionados”. 

¿A qué circunstancias se enfrenta un periodista en plena línea de batalla? ¿Cómo vivían y qué pensaban los rebeldes que combatieron en Misrata? ¿A qué rutinas se enfrentan los combatientes en la retaguardia? ¿Cuánto vale una pieza de vídeo si el periodista se muestra frente a la cámara? ¿Qué precio tiene si se muestran los combates? De esas y otras cuestiones habló Alberto Arce con La Huella Digital.

Desde el principio deja claro al lector su simpatía por los rebeldes. ¿Esto es un ejercicio de sinceridad o la aclaración de una postura que resulta “inevitable” en un reportero de guerra?
Creo que pueden ser la dos cosas a la vez. No son dos motivaciones incompatibles. Si te pasas 45 días con un grupo de personas en una situación muy tensa, acabas generando empatía. Una empatía desde lo humano, más allá de lo militar y lo político. Lo honesto es reconocer que esa empatía existe y que es un riesgo para la calidad de tu trabajo. Lo interesante del libro es que intenta describir ese conflicto entre la empatía y el riesgo profesional al que te sometes. Una complejidad que tienes que reconocer para protegerte de ella. Esto es algo que debe sucederle habitualmente a los periodistas que trabajan en situaciones tensas y es algo con lo que se debe lidiar cada vez de manera diferente.

También hace una crítica directa al ‘establishment’ que rige a los medios de comunicación tradicionales. Asegura que estos medios buscan lo espectacular, “el titular florido”. En este sentido, ¿con qué intención viaja Alberto Arce a Misrata?, ¿para comprender y contar el conflicto?, ¿para hacer un periodismo “pese a los medios”? Supongo que también para vender las notas… 
Hacemos el periodismo pese a los medios porque éstos no están interesados en el periodismo que queremos hacer. ¿Qué periodiodismo es éste? Pues un periodismo de cercanía, de proximidad, de integración, para entender por qué un estudiante de 18 años se convierte en quince días en un miliciano que lanza morteros contra sus vecinos. Para comprender esto, necesito pasar mucho tiempo con ellos, hablar, compartir noches, observarles y quizás, entonces, puedo ser capaz de entender algo y ponerlo por escrito. Mi manera de entender las cosas es esa. Requiere de 45 días de trabajo continuado. Luego eso se plasma en una crónica que ocupa 200 páginas. Esa manera de entender el periodismo es incompatible con el periodismo que hacen hoy los medios de comunicación en España. Y ahí es donde surge el conflicto. Ese es el periodismo pese a los medios, es decir, nosotros hacemos este tipo de periodismo porque los medios no quieren o no pueden hacerlo, y entonces ambos empezamos a caminar por caminos que se separan cada vez más. 

Los medios, ¿no quieren o no les interesa mostrar este tipo de crónicas más trabajadas, que implican muchas más páginas en los diarios, o, por el contrario, no las publican porque a los lectores no les interesan?
Te puedo responder con una provocación. El diario Público ha cerrado y sin embargo los periodistas que intentábamos escribir ahí, y a los que no nos hacían caso los responsables editoriales, seguimos trabajando aunque estemos en el paro. Alguien lo ha estado haciendo mal: o los editores del diario o los periodistas ‘freelance’ que recibíamos respuestas negativas para publicar nuestros trabajos en ese diario. Si nosotros seguimos trabajando y ellos han cerrado, el tiempo nos da la razón a nosotros. Si ellos siguen haciendo ese tipo de periodismo van de camino al ‘harakiri’. Realmente la gente quiere este tipo de periodismo que tratamos de hacer “por fuera” de los medios. Son ellos los que no se enteran de qué es lo que habría que hacer para relanzar las relaciones de confianza entre periódicos y lectores. Allí es donde surge una editorial como Libros del KO, que sí cree que hay que hacer un periodismo pausado, narrativo, con tiempo, largo y en formato libro.

Se necesita una larga temporada en la zona para comprender, trabajar y luego trasladar esa visión al papel. En definitiva, para aportarle al lector instrumentos para la reflexión. En este sentido, ¿podemos decir que el periodismo de calidad se nutre, básicamente, de tiempo?
En una parte del libro digo que no hay nada peor que un periodista con prisas. Ese mundo del matiz, de la ambigüedad, esa sensación que se te queda de no tener nunca la certeza de que lo que estás contando es realmente lo que está sucediendo, la única manera que tienes de protegerte mínimamente de eso es dedicándole más páginas y más tiempo.

El periodista Alberto Arce, en el centro sujetando una Kalashnikov, junto a rebeldes libios

¿Puede entenderse Misrata Calling como un manual detallado de lo que es el reporterismo ‘freelance’, de ese periodismo al que califica, con algo de causticidad, de “periodismo barato”?
Sí. Hablo, por ejemplo, de cuánto me van a pagar por una crónica si salgo yo delante de la cámara o si no. Igual estoy en el mejor momento para entender una situación, pero en vez de quedarme en medio de la ofensiva tengo que echar a correr hacia un sitio donde haya internet para escribir una crónica, porque es más importante enviar el texto a las 20.00 horas que saber como termina esa historia. Ese tipo de detalles que tienen que ver con la logística y la intendencia del trabajo diario, que bien contextualizadas y explicadas hacen que tú entiendas mejor por qué cuento lo que cuento, son algunas de las cosas que explico en el libro. 

En cuanto a la experiencia de la guerra civil que se libró en Libia, llama la atención la juventud de quienes conforman el ejército rebelde. Muchos de estos chicos son estudiantes de universidades europeas que, de un día para otro, dejan los libros para apuntar a sus vecinos con un Kalashnikov.
Eso tiene que ver con un “error” mío. En Misrata hay 5.000 milicianos luchando y yo acabo escorado a pasar más tiempo con aquellos con los que me puedo comunicar, es decir, con aquellos que hablan inglés, que son los que vienen de una capa social media-alta y que tenían la capacidad de estudiar en el extranjero. No son necesariamente representativos del resto de sus compañeros. Digamos que eso da una visión un tanto sesgada de la realidad. Pero es importante que se entienda que ese sesgo de la realidad no viene derivado de un apriorismo ideológico, sino de un problema logístico, y es que hablo más con aquellos con los que me puedo entender. El periodismo tiene estos problemas. 

También se observa un contraste radical entre unos chicos que portan Kalashnikov y otros hiperconectados a internet y a las redes sociales. Esta parte tecnológica de las revueltas, ¿la considera fundamental en el triunfo de los rebeldes en la revolución Libia?
No sé exactamente cuan fundamental ha sido. Lo que está claro es que está siendo importante, aunque no sepamos cuantificarlo. Este es el primer momento en la Historia en que ese tipo de herramientas juegan un papel importante en el desarrollo de las guerras. La comunicación y la propaganda siempre han sido relevantes, pero los nuevos instrumentos para transmitir información están jugando un papel muy importante, aunque no me atrevo a cuantificarlo.

Frente a otros conflictos que ha cubierto, parece que en Libia se encuentra por primera vez con la imagen de llegar al centro donde se reúnen los rebeldes y encontrar que éste se parece más a una oficina de Google que a un búnker.
Absolutamente. Es la primera vez que me encuentro con esta situación. Hace cuatro años era impensable encontrarte en un conflicto con un grupo de rebeldes que tuvieran una antena satelital y hubieran puesto a tres personas a tuitear desde un iPhone. Básicamente, porque hace cuatro años esto ni siquiera existía. Hoy en día es importante saber, por ejemplo, que cuando los rebeldes tenían que organizar una ofensiva contra un pueblo, se fijaban más en Google Maps que en los prismáticos que pudieran llevar. 

En el libro critica con dureza lo que denomina la posición de la izquierda rancia, de los intelectuales de “sillón orejero”. Una izquierda que catalogaba a los rebeldes de terroristas. ¿Habrán cambiado estos intelectuales de opinión una vez que ya ha finalizado el conflicto o seguirán pensando que en Libia se ha producido una confabulación imperialista orquestada por la CIA?
En el último discurso de Francisco Franco en la Plaza de Oriente, éste hablaba de una “conjura judeo-masónica”, “terrorista en lo político y subversiva en la social”, que pretendía atacar los cimientos de la nación española. Digamos que siempre van a existir sectores de la sociedad que digan gilipolleces como esas. En 1975 eran los falangistas y en 2012 son los marxistas-leninistas de la cuarta vía. Esto es así. 

El reportero Alberto Arce caminando por una calle de Misrata

Volviendo al conflicto libio, ¿qué relevancia le otorga al papel de la OTAN en la resolución del conflicto? En el texto deja claro que, en muchas ocasiones, su papel no es comprendido ni por los rebeldes ni por la propia sociedad civil europea.
Creo que lo que la OTAN hizo en Libia probablemente sólo lo entiendan ellos. Sólo ellos saben exactamente por qué hicieron las cosas como las hicieron. No me siento con la capacidad de juzgar ni de valorar sus acciones. Lo que sí sé, y trato de reproducirlo en el libro, es que cuando estábamos en Misrata, los comandante militares rebeldes criticaban muchísimo el comportamiento de la OTAN pese a que les estaban ayudando. Las discusiones eran muy fuertes y la relación no era fluida ni positiva. Es una cuestión muy compleja que plantea más dudas que respuestas. Tengo claro que los rebeldes no hubieran ganado sin la intervención de la OTAN, pero sigo sin entender por qué la OTAN intervino y cómo intervino. 

En cuanto al tema moral, no duda en revelar las ambigüedades éticas a las que se enfrenta un reportero de guerra. Por ejemplo, a la hora de tratar a los heridos, de realizar entrevistas… Tampoco teme contar las decisiones pragmáticas que, en ocasiones, se ve obligado a tomar. ¿Quería reflexionar sobre estas situaciones extremas, exponerlas y sincerarse?
Creo que hay mucho mito en torno al periodismo que se realiza en conflictos. A medida que avanzo en esta profesión me molesta ver el dislate tan grande que hay entre lo que la gente piensa que es, y lo que yo veo sobre el terreno. Y creo que es un ejercicio interesante explicar los detalles de intendencia del trabajo y los debates éticos que uno tiene consigo mismo y con sus compañeros en el día a día del trabajo, tratando de desmitificar ciertas percepciones que puedan haber desde fuera. Hay un libro de David Trueba, Cuatro amigos, cuya primera frase dice que la amistad está mitificada, igual que los estudios universitarios y las pollas largas, porque la lista de amigos perdidos siempre es mayor que la de los conservados. Y yo digo que la amistad, los estudios universitarios, las pollas largas y el periodismo de guerra están mitificados y sobredimensionados. Yo trato de que este libro lo baje un poco a pie de tierra. 

Sin embargo, usted en particular no deja de cubrir conflictos y arriesgar la vida. ¿Por qué lo hace?, ¿por el placer de contar?
No lo sé. Y creo que esa es una de las cosas que más tiempo me llevó del libro, porque llega un momento en el que me pongo a alistar motivos y el editor me dice: “Mira, lo que estás diciendo no te lo crees ni tú. Contéstame de verdad a esta pregunta”. El editor me tiene una semana pensando sobre por qué hago lo que hago y nunca nos ponemos de acuerdo, porque, te prometo, cada día que me preguntes te voy a decir algo diferente. Es una pregunta sin respuesta. 

Ensalza el valor del ‘fixer’, ese “cicerón” imprescindible para el periodista en zona extranjera. De hecho, hace una dedicatoria a Omran, un personaje “educado, elegante y despistado” que acaba sujetando por los pelos el rostro de Gadafi. ¿Se ha convertido Omran en un símbolo del libro, de su aventura y de la propia guerra Libia?
Para mí, la historia de este chico es la metáfora de la guerra. Si miro sólo el último fotograma en el que él aparece agarrando por los pelos a un Gadafi indefenso, minutos antes de morir, si yo me quedo con ese último fotograma de la historia, ese chico es un animal sangriento, una bestia parda. Pero si en vez de quedarme sólo con esto, trato de contextualizar y ver la secuencia completa a lo largo de seis meses, ahí entiendo la complejidad de motivaciones que llevan a una persona que dice que no quiere estar en esa circunstancia a estar precisamente en esa situación. La vida es muy contradictoria. El periodismo es muy contradictorio. La guerra es muy contradictoria. Vivimos rodeados de contradicciones que no sabemos explicar o que tienen un millón de explicaciones posibles. Creo que es importante navegar en ese ámbito. 

Hablábamos de la necesidad que tiene el periodista de contar con tiempo para analizar la situación y no limitarse al titular “florido” y “espectacular”. Probablemente el 99 por ciento de la gente que haya visto esa imagen pensará en esos chicos como unos salvajes. Sin embargo, el lector de su libro cuenta con más información para contextualizar ese fotograma de la historia Libia. ¿Es una parte del valor que tiene Misrata Calling?
Eso es precisamente lo que buscamos. Que un lector después de leer el libro nos diga que ha cambiado su punto de vista. Que después de leer el libro sienta que cuenta con más información. Ese es el objetivo. No te doy una respuesta a nada, lo que hago es aportar más piezas de información y complicártela con mucha ambigüedad para que te tires los siguientes tres días dándole vueltas a la cabeza. Obviamente no quiero que llegues a ninguna conclusión porque no existe. Los libros sirven para pensar. Y ya está. Pensar es un trabajo que dura una vida entera.

Alberto Arce cámara al hombro

Uno de los temas sensibles en la cobertura de conflictos armados es el de la muerte de periodistas. Durante las revueltas árabes han caído varios reporteros, entre ellos el británico Tim Hetherington o la decana de las guerras, la estadounidense Marie Colvin. ¿Cómo se enfrenta un periodista ante estas situaciones?
Si trabajas con diez camioneros en una fábrica de Coca-Cola en Burgos y os pasáis todo la semana repartiendo refrescos en los bares, si uno de ellos tiene un accidente y se mata, pues puedes imaginarte como se sentirán sus compañeros. Es una accidente laboral y jode mucho. 

Pero forma parte del oficio.
Los accidente laborales forman parte del oficio. Sabes donde te metes. Igual que si conduces catorce horas seguidas te puedes quedar dormido y tener un accidente. Sabes lo que hay. Si haces X puede pasar Y. 

Volviendo a Marie Colvin, en el libro deja claro que tuvo la oportunidad de compartir experiencias con ella durante el trabajo en Misrata. Sin embargo, a lo largo del texto no vuelve a mencionarla. ¿Acaso por respeto o simplemente porque no lo encontró necesario?
El libro llevaba escrito tres meses cuando ella murió. En el libro no conté muchas cosas de las que pasaron en Misrata. Y por una decisión que ahora no soy capaz de recordar, no conté anécdotas o recuerdos que tuvieron que ver con el tiempo que trabajamos juntos. Las hay, obviamente, pero no están en el libro. Quizás me arrepiento ahora de que no estén porque hubieran sido una manera mínima de rendirle un homenaje póstumo a ese pedazo de señora que era Colvin. 

Considera que antes se respetaba más la figura del reportero de guerra. ¿Hoy es más peligroso ejercer la profesión?
Sí, lo es. Hay determinadas líneas rojas que antes no se cruzaban y ahora sí. Por ejemplo, atacar a los periodistas y a los servicios médicos. Antes a nadie se le ocurría bombardear una ambulancia, y hoy en día hacerlo es algo normal. Hace siglos la guerra era algo que los oficiales pactaban como un diálogo entre caballeros. El que perdía se entregaba y lo reconocía ante su oponente. No jodían a los civiles. Había más clase y elegancia. Ahora la guerra es como mucho más de rebajas. Como los saldos. Antes la guerra era los almacenes Harrots y ahora son los saldos de novedades Eloína. 

En cuanto al futuro de Libia, ¿cree que aquello que anunciaba sobre las represalias que se podrían desencadenar cuando los rebeldes se hicieran con el poder ya se están produciendo? ¿Hacia dónde camina Libia?
Quiero ser cauteloso. Y creo que cuando te estoy explicando toda una manera de entender el periodismo, si a mí alguien me pregunta que está pasando ahora en Misrata cuando yo estoy en la carretera de Burgos, creo que si dijese cualquier cosa sobre Misrata, pues estaría contradiciendo todo lo que he dicho antes sobre como creo que debe hacerse el periodismo. Yo no soy nadie para hablar de lo que está pasando en Libia ahora porque para hacerlo con una mínima autoridad hay que estar allí y entender. Pero si hay una cosa que es universal y es extrapolable a cualquier situación, y es que el post-conflicto es más complicado que el conflicto. Es mas difícil construir la democracia que ganar la guerra. 

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 Imagénes cedidas por Libros del K.O. y Alberto Arce

Vídeo: Medina Media

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