Al otro lado de la vereda

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Prosperarán, sin amargura, los deseos de felicidad que alguna vez soñamos. El oxígeno nuestro se encuentra aquí, atándonos a la vida que cultivamos con amor. Cuando se levanta el sol, sus rayos abrigan el despertar de tu cuerpo sobre la sábana blanca, que con pasión ultrajaste en la noche.

Las pesadillas se han cansado de intentar doblegar esa inocencia que propicia su triunfo. Eres feliz. Lo haces con tanta naturalidad como cuando las flores silban tu nombre, en aquellas mañanas que escapan de los prejuicios del mundo.

Tu cuerpo serpentino se levanta para unirse al comienzo del día. Capturas con esa mirada coqueta las ganas infaltables de besarte. Miras frente al espejo y te ves más que hermosa: hoy es tu día. Es tu día como todos y todos en ti son sólo un día. La belleza te marca el pecho con sabor a sensualidad, mientras lavas tu cuerpo del agitado ayer y los pecados que olvidamos para que no nos pese la alforja.

Sin la toalla ensombreciendo la belleza de tu carne, otra vez el espejo refleja tu alegría: estás por primera vez enamorada. La desnudez de tu cuerpo no te avergüenza sino te llena de orgullo. Tocas tus mejillas, acomodas ese cabello que cobra vida para aferrarse a los dedos de algún desdichado que, como yo, está esperando al otro lado de la vereda. Sientes frío y empiezas a vestirte con sutileza. Te deslizas en el silencio para adecuar la ropa a los designios de tu piel. Volteas a verte otra vez al espejo: te sientes segura y no es como antes.

Algo ha cambiado en ti, que la niña tiene dotes de mujer. Has disuelto los rumores chirriantes que reflejan la ignorancia de quienes no conocen lo que hay más allá de sus ojos. Nada te agobia ya, y el tiempo es tu amigo de nuevo.

Lista, arreglas las pocas cosas materiales que te atan al mundo y sales a enfrentar la vida lejos del vacío del alma. Abres la puerta al hoy y le cantas la bienvenida. Ahí te espero, en algún lugar, quizás, al otro lado de la vereda.

Fuente de imagen:
http://www.periosia.blogspot.com

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