Al obrero caído

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Tocó su pecho
Y le dijo:
-¡Tienes el alma mojada, muchacha!
La mujer calló
En una remota gruta de sonrojo,
Abriéndose paso a paso en su despertar
Ante el cuerpo desnudo
de su pareja,
Entornando fugazmente
sus ojos,
como el toro
que es apuntillado
al filo de su cornamenta
y deja escapar su cansado bufido
en su último ruego
y en su último ruedo
frente a la puerta del albero.

-Cuida de mi hijo, le dijo,
Poniendo su mano ruda
Sobre el vientre caliente.
-¡Parece una hoja seca caída,
Una hoguera en tus labios,
Y lleva el eco del futuro,
El porvenir de un hogar
Todavía en la forja.

-Volveré esta noche
A pisar nuestra cama
Y te arroparé
Como hacen los pueblos del camino
Con los viajeros
Al subir la empinada cuesta.

(La muchacha callaba
Y en su vientre coleaba
Un rumor de ventanas
Y puertas abiertas
Dejando salir el frío
A través de los barrotes
Y un cante que se ahogaba)

-En la madrugada,
Cuando me has de ver venir
Y no venga,
Estaré cerca de ti ya
Para acostar a nuestra semilla
Y veré tu inocencia y tu libertad
Correr sobre el minutero
Y saltar de la cama de la madrugada.

-Déjame que te cuente lo que será:
Un chiquillo correrá sobre los vasos vacíos
De la encimera,
Las tazas ardientes de café
En la cocina
Buscarán más bocas que besen con unos labios
Sinceros, abiertos, locos e imprevisibles.

-Te dejo un legado que todavía
No he empezado a delatarte
Cuando aún faltan unas horas
Por volver a unir mi pecho y el tuyo.
Te apoyaré en la cama
Como se recuestan los animales
Curiosos en el regazo de sus mayores,
Sepultaré un amor céntimo a céntimo,
En segundos,
Por si algún no regreso.

Aquel hijo años más tarde
Vio en el alto espejo de casa sucio
Y malherido
El ritmo de una canción
que encadenaba el aire
sobre compases negros,
notas monocordes
que hablaban
de unos pasos que extraviaron
sus palabras y su olvido.

No volvieron a verse
Pero el recuerdo aún flota,

Lejano,

Hallado,

Visible,

Certeramente cierto.

Imagen:
Javier López Recio

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