África nunca tuvo un plan B

0
350

Ni África, ni Latinoamérica, ni los países del sudeste asiático… Muchos han sido los países que se han encomendado a las recetas mágicas que el Fondo Monetario Internacional imponía para solventar sendos desequilibrios económicos. El resultado, en la mayoría de los casos, únicamente concibe calificarse pura y llanamente como devastador. El Premio Nobel de Economía en 2001, Joseph Stiglitz, nos alertaba en su obra El malestar en la globalización (magistral ensayo de obligada lectura, imprescindible para quienes deseen adquirir un conocimiento panorámico de la realidad económica internacional) de las peripecias de este desfasado y, casi me atrevería a añadir, anacrónico organismo internacional (al menos en lo que a su filosofía doctrinal se refiere). Los préstamos concedidos a algunos de los países más pobres del mundo a cambio de aplicar políticas económicas clásicas y de corte liberal no sólo han supuesto ajustes muy dolorosos para la población autóctona, lo que se ha traducido en consecuencias tan sangrantes como el aumento del paro y la disminución de las coberturas sociales, sino que, además, no han logrado siquiera generar el crecimiento suficiente para que esos países pudiesen devolver el propio préstamo, tal y como se les exige.

Es cierto que el FMI actualmente está tratando de solventar muchos de los imperdonables errores que ha cometido en el pasado, y no sería de justicia pasar este hecho por alto. Sin embargo, es conveniente tener en cuenta saber de dónde venimos para determinar dónde estamos y, sobre todo, decidir hacia dónde deberíamos dirigirnos. Y digo esto porque, en los últimos días, este organismo ha advertido a España sobre la necesidad de que tengamos preparado un plan B por si se diese el supuesto de que los presupuestos previstos para el ejercicio 2011 no se acabaran materializando. Parece ser que los PGE sí son creíbles en lo que se refiere a los gastos y no tanto en materia de ingresos, donde existe el temor de que el Gobierno haya pecado de excesivamente generoso a la hora de realizar sus cálculos. Como consecuencia, dicho organismo considera probable que España reduzca su déficit al 6% para 2011, tal y como se ha comprometido a hacer, pero no ve tan claro que se reduzca al 3% para 2012. Así, se nos conmina a que contemos con una alternativa a nuestro presupuesto en caso de que no se cumplan las previsiones de ingresos efectuadas.

El estupor ante estos “avisos” no proviene tanto de lo inverosímil del escenario planteado, y menos aún en una coyuntura de incertidumbre tan manifiesta como la actual, sino más bien de que estos particulares cantos de sirena provengan de una institución cuyo currículum ha provocado su más que significativo desprestigio, muy especialmente entre economistas de talante progresista como el mismo Stiglitz, y de la peculiar hipocresía de sus recomendaciones. Cuando instaban a países como Etiopía a liberalizar sus mercados financieros aun a sabiendas de que en África las finanzas están muy poco consolidadas y que sin un mínimo de regulación las consecuencias pueden ser nefastas para la población, no contaban con un plan B por si fracasaban sus políticas. Ni siquiera sus recetas contaban con una alternativa. Independientemente de cuál fuera el problema económico del país, de sus rasgos estructurales concretos, de sus circunstancias coyunturales o de la situación social del momento, las imposiciones a cambio de financiación siempre eran las mismas: liberalizar, privatizar y confiar en que la providencia cuasi-divina de la mano invisible de Adam Smith repartiría riqueza entre los habitantes. Su fe era tan ciega que llegaron a darse casos en que los informes presentados para diferentes países eran literalmente un “corta y pega” los unos de los otros, con el esperpento añadido de que, en ciertas ocasiones, incluso llegó a olvidárseles cambiar el nombre del país en cuestión. Esta institución, protagonista de ridículos semejantes, es la que nos exige ahora un plan B.

Qué duda cabe de que en una economía globalizada como la nuestra son más necesarias que nunca instituciones que gestionen de manera adecuada las reglas que el mercado capitalista exige. Sin embargo, urge con imperiosa diligencia no volver a cometer las equivocaciones de antaño. A raíz de la Gran Depresión de los años 30, surgieron las estructuras económicas que sumieron a la Humanidad en el período de mayor crecimiento económico y prosperidad de toda la Historia. En esta ocasión, por mucho que se quiera dar la espalda a la evidencia, nos tocará volver a hacer lo mismo.

Fuente de la imagen:
http://blogs.diariosur.es

Dejar respuesta