A ti no te escribió Tennessee Williams (y ninguna falta te hacía)

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Alguien me comentaba no hace mucho que la crisis económica de los últimos años ha sido la causante de la proliferación de los monólogos teatrales. Que, como en general la producción de un monólogo es más asequible, cualquiera se subía al carro de este género y montaba “algo”. Tal vez, quien me hacía ese comentario, desconocía la dificultad que entraña un monólogo. No ya a nivel de producción, dirección e interpretación, sino también a nivel de público. Porque no es nada sencillo que un solo intérprete lleve el peso de una pieza de una durada estándar, entre sesenta y noventa minutos, y que el público mantenga su atención en la obra todo el tiempo sin mirar con demasiada frecuencia el reloj, sin bostezar, sin ponerse a pensar en otras cosas… Para lograrlo, la interpretación, que no puede tener flaquezas, debe apoyarse en un buen texto y en una dirección escénica certera para que el espectador encuentre algo hipnótico en el conjunto que le atrape y le mantenga concentrado en  la obra.

Y, sin ninguna duda, A mí no me escribió Tennessee Williams (porque no me conocía), cuenta con todo eso y consigue, con creces, hipnotizar al espectador desde el primer minuto hasta el último. La obra, creación de Marc Rosich y Roberto G. Alonso, cuenta con dirección y dramaturgia del primero, y con la polivalente interpretación del segundo, que nos regala una inmensa protagonista. Porque lo mejor de este montaje (que tiene muchísimo bueno, por no decir todo) es su intérprete. Alonso se convierte en una víctima de la crisis que ha terminado viviendo debajo de un puente y que entretiene con un espectáculo personal, con los recursos que tiene a su alcance, a los despistados espectadores de un teatro que hay arriba del puente y que parecen haberse equivocado de entrada. Alonso lo regala absolutamente todo en escena: baila, canta, hace playback, ejecuta performance, y nos encanta –en los dos sentidos de la palabra− con ese personaje peripatético y lleno de ternura, que nos emociona, nos conquista y hasta nos pone la piel de gallina en su número final.

Y no hacía ninguna falta que Tennessee Williams la conociera para que escribiera un personaje como ella, porque ya lo ha hecho Rosich sin tacha. El texto es de factura impecable, con lugares para el humor, para la reflexión, para la crítica, con los silencios adecuados para su complementación con otras disciplinas artísticas, y con una dirección del espectáculo que encierra momentos de una brillantez absoluta, que mantienen el ritmo en todo momento, que no dejan que el espectador −a quien el personaje tiene ya en el bolsillo− desfallezca ni desconecte. Además, cabe destacar el esfuerzo que supone presentar ese montaje en La Seca Espai Bossa, es decir, en una sala de teatro convencional, ya que fue ideado como montaje de calle, y por ello contó con una ayuda del Programa de Apoyo a la Creación de Fira Tàrrega y se estrenó allí en 2016. Asimismo, es de mención obligatoria el trabajo con el espacio y el atrezo, obra de Víctor Peralta, y el de vestuario, del que se encarga el propio Alonso.

Esta pieza de teatro político −porque sí, lo suyo también es teatro político− puede verse hasta el 1 de abril en La Seca, y puede ser una opción perfecta para estos días de vacaciones. La función del viernes 23, además, será una función solidaria cuyos beneficios serán donados íntegramente a Arrels Fundació, entidad que se encarga de la atención a las personas sin hogar de Barcelona. Además de ver buen teatro y salir de la sala con la sensación de que ha valido mucho la pena, a la vez se puede contribuir a hacer de ésta una sociedad un poco más justa ayudando a aquellos que día a día procuran que sea así. ¿Qué más se puede pedir?

Fuente: Cia. Roberto G. Alonso

 

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