A los ratones no sólo les gusta el queso

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Estaba sentado en mi taburete de madera, recostado contra la pared, con los pies sobre la mesa. Me había descalzado. Estaba preguntándome cómo había podido comprar unas mallas que me apretaban tanto. De mis calzas azules emanaba un ligero olor agrio. Pronto habría que reemplazarlas.

El cincelado sobre la puerta de mi casa rezaba: Arturo Calabria. Resuelve asuntos. Hacía tan sólo seis meses que lo había puesto. Desde entonces había tenido cinco o seis encargos, con los que a duras penas me daba para pagar el alquiler de la casa, que además me servía como despacho, y mal comer una vez al día. O mi suerte cambiaba o el negocio se iría a pique.

Estaba lamentándome de mi falta de liquidez, cuando entró aquel hombre enorme. Sin llamar a la puerta ni presentarse, su cuerpo se materializó en medio de mi despacho con dos meses de alquiler pendientes. Me pegó un buen susto, pero eso no pareció importarle. Comenzó a hablar sin esperar a presentaciones. Tenía pelos en las orejas y otros lugares inadecuados. Unos dos metros y seguro que más de cien kilos. Sus ropas limpias y el aire saludable de su rostro no rebajaban su aspecto amenazador.

–He oído que usted resuelve los casos que los demás rechazan –dijo con su vozarrón.

Me repuse lo mejor que pude de la sorpresa, tratando de ser lo más ingenioso posible en mi respuesta.

–Más bien resuelvo casos que los demás no podrían resolver en un millón de años; debido, entre otras cosas, a que no poseen mi capacidad de análisis, ni mi extensa biblioteca –dije chulescamente.

–Su ego me la trae al pairo. Yo lo que quiero, es saber si usted es capaz de sacar a esos cabrones de mi casa. Pagaré lo que haga falta, tengo mucho dinero.

Cuando escuché que no habría problemas de guita, ignoré su desprecio sobre mi alta capacidad intelectual y me incorporé como un resorte. En un instante, tenía la pluma en la mano y había cogido un trozo de papel para tomar notas.

–Eso está muy bien. Cuénteme su problema, buen hombre. ¿quiénes son esos cabrones?

–Mejor venga conmigo, se lo mostraré.

Salí raudo tras él, porque al momento de pronunciar sus palabras, sin esperar mi gesto afirmativo, salió con paso firme por la puerta. Lo alcancé ya en la calle. Seguí su ritmo a una distancia que se hacía mayor a cada paso. Alguna gente con la que cruzábamos se volvía para mirar a aquel veloz hombretón, que me llevaba con la lengua fuera. Cuando ya estaba a punto de desistir en la persecución, dio un frenazo en seco. A punto estuve de chocar contra su corpachón. Estábamos frente a la puerta de una casa con enorme fachada. Montones de ventanas pequeñas, en las que no faltaba un solo cristal. Cortinas limpias y recién planchadas por doquier.  Recordaba de otras veces, de haber pasado por allí y pensar: “debe de costar una pasta esta queli. Cuando tenga dinero, compraré una igual”.

–Aquí es. Entremos.

Una vez en la chabola, saludó a su mujer con un gruñido. La señora de la casa se encontraba en una pequeña antecámara, dando órdenes a diestro y siniestro. Tres abnegadas sirvientas, frente a unos baúles repletos de ropa y fruslerías, la sufrían. No nos prestó mucha atención.

Sin presentarme siquiera entramos en lo que parecía el aposento principal. La austeridad y el mal gusto perfectamente combinados parecían ser la premisa en aquella familia; paredes lisas, salvo algún tapiz de dudoso atractivo, unas sillas frente a la chimenea y una mesa recién barnizada. Eso era todo lo que había.

Nosotros a lo nuestro, subimos por las escaleras. Segundo piso. Nos cruzamos con sus hijos, una panda de gritones de mucho cuidado. Recorrimos  un par de pasillos más, hasta parar frente a una de las numerosas puertas.

–Aquí es. Ahora verá para lo que quiero contratarlo.

Abrió la puerta y apareció una habitación más limpia y triste que mi despensa.

–Aquí no hay nada –dije con tono entre enfadado y sorprendido.

–Están    escondidos,   pero   seguro   que   aparece  alguno. Les    gusta    exhibirse. Disfrutan haciéndome sufrir con su presencia… ¡MIRE, MIRE, AHÍ! –dijo con una fuerza que hizo retumbar las paredes. ¡ESE ES CLAUS, EL MUY…!

En un principio no me di cuenta, pero después observé que el tal Claus no era otra cosa que un simple y asqueroso ratón. En cuanto lo vi, y supe que tenía nombre propio, empecé a pensar que si mi cliente no era un loco, desde luego estaba muy cerca de ello.

–Vamos, vamos –dije–, es un simple ratoncito. No me necesita a mí, sino a un exterminador.

–Usted no comprende. Esta familia roedora es muy especial. No son como los demás. Están inmunizados contra todo tipo de raticidas; por la noche me vacían la nevera, se comen mi queso y mis viandas… No sé lo que tengo que hacer con ellos. He probado de todo, nada resulta. Tengo trampas por todos lados, pero no hay manera.

–En realidad, a los ratones no les gusta el queso. Es sólo una creencia popular. Un error muy común. Por eso pocos de ellos caen en las trampas de ese tipo –dije con tono de listillo.

–Pues me temo que estos son diferentes, porque hace ya más de un año que no podemos tener ni un trozo de queso en la alacena. Si lo hay se las ingenian para llegar hasta allí y llevárselo, enterito, además de todo lo que encuentren a su paso. Porque esas es otra: también disfrutan de otro tipo de manjares, los muy sibaritas. ¡Y no hay manera de pillarlos! – dijo desesperadamente – Ayúdeme, por favor. Ya no sé a quién recurrir. Mi familia se muere de hambre.

El tipo me daba lástima, lloriqueando así. Me quedé pensando un instante. Después de ello comenzaron a dolerme las meninges de manera inmisericorde. A pesar de mis taras para concentrarme, logré recordar una historia que escuché en mi niñez a un simpático ciego cuentacuentos, durante unos juegos florales. Iba sobre una hazaña realizada por un flautista en las lejanas tierras sajonas de Hamelin. De esa historia habían pasado ciento cincuenta y tres años, pero pensé que podía serme de utilidad:

Era el año 1284, y se desató tal plaga de ratas en la ciudad de Hamelin que estaban hasta debajo de los refajos. El ayuntamiento ofreció una recompensa a quien pudiera ayudar. Entonces se presentó un joven y el solito logró deshacerse del ejército de ratas. Armado con una simple flauta, comenzó a tocar una seductora melodía. Poco a poco las ratas comenzaron a salir de sus agujeros, hasta pararse frente al joven, obnubiladas por la música. Aprovechando la ocasión, las guió hasta un lugar lejano de donde no pudieran volver.

Tiempo después llegué a tocar, torpemente, aquella fascinante cancioncilla, durante mis años juglaresco. Sin embargo, nunca probé su eficacia en los menesteres ratoniles, con lo que dudaba de su eficacia.

Aquella historia ocurrida en Hamelin no termina con la desaparición de la infección de ratas en la ciudad. El flautista, ante la negativa del alcalde a pagar sus servicios prestados, decidió vengarse de la misma manera que había beneficiado a la ciudad: tocando su flauta. Esta vez, con otra melodía maléfica, logró llevarse a todos los niños del pueblo a una montaña recóndita, alejándolos para siempre de sus familias. El pueblo quedó, de esta forma, sin su juventud. Su futuro, hasta aquel día esplendoroso, quedó sumido en una sombría incertidumbre.    

Yo esperaba no tener que recurrir hasta esos extremos. Entre otras cosas porque sólo sabía tocar, a duras penas, la primera melodía. La segunda la desconocía por completo. Además, los hijos de mi cliente eran una panda de vándalos insufrible. Lo había comprobado nada más entrar en aquella casa, viéndolos corretear alrededor de la madre y las sirvientas, lanzando alaridos y tirando lo que encontraban a su paso. No tenía intención de llevarme a esos niños a ninguna parte. Aunque si podía intentar hacerlo con la familia de Claus. Mis años en la escuela de música por fin iban a servirme para algo de provecho.

En venganza a su comportamiento anterior, que había logrado producirme un ligero flato, salí sin decir nada en dirección a mi despacho. Cuando llegué, rebusqué durante unos diez minutos en mis cajones, buscando mi vieja flauta de madera. Hasta que logré dar con ella. Volví raudo hacia la casa. Para mi sorpresa, el hombretón no se había movido del lugar en el que le había dejado. De hecho, no mostró ninguna sorpresa que revelase que se hubiera dado cuenta de mi salida.

–Acaba de salir Greta, la mujer de Claus. Se ha asomado y ha vuelto al agujero. –dijo entusiasmado mientras se arrodillaba para mirar a través del agujero. Sus hijos son más tímidos. Y no digamos su cuñada… que también vive con ellos. Esa no sale para nada.

–No se preocupe, ya sé como acabar con su pesadilla. He traído esto.

Saqué mi flauta de madera carcomida. Puso cara de enfado y se incorporó. Parecía que iba a comerme con los ojos, pero se contuvo y preguntó cómo una simple madera con agujeros podía ayudarle con su problema.

–Ha habido casos en los que una canción, tocada con la flauta, hipnotiza  a los roedores de tal forma que se los puede llevar donde uno quiera. Lo sé de buena tinta.

Me miró con incredulidad. La misma que yo tenía sobre lo que pasaría a continuación. Pero como no tenía nada que perder, me dio vía libre y comencé a tocar. Al momento, su cara era un primor. Comenzó a vitorearme, animando a que siguiera con el soniquete, en cuanto vio que daba resultado.

La familia de roedores, al escuchar las notas, salió de su madriguera en fila india y se paró frente a mí. Aproveché la ocasión para dirigirme hacia la cloaca más cercana. Me introduje en ella. Anduve durante unos minutos, hasta que consideré que era el momento de abandonarlos a su suerte. Me escabullí en una esquina y eché a correr como alma que trae y lleva el diablo.

Aunque ya era tarde volví para cobrar mis honorarios, asegurándome de que ya no me seguía ningún ratón. No quería esperar al día siguiente. El grandullón estaba tan contento que pagó al instante lo que le pedí, el doble de la tarifa habitual. No tuve que amenazarle, aunque fuese de farol, con llevarme a sus hijos de la misma manera que a sus indeseables inquilinos.  Me fui como unas pascuas.

Hace ya diez días de aquello. Me he comprado otras mallas, azules, y unas  calzas nuevas, de color verde. Mi despensa está ahora repleta. Estoy igual que al principio, recostado contra la pared, con los pies sobre la mesa. Acabo de acordarme de Claus y su familia. No sé por qué. Me pregunto qué habrá sido de ellos y me preocupo, extrañamente, por su bienestar. Mientras estoy en estos pensamientos, escucho un ligero murmullo que repta a través de la pared, la que separa mi despacho de la cocina.

Fuente del texto:
Alberto Amor Jiménez
http://www.youtube.com/watch?v=fLxcBuU8YJw

Fuente de las imágenes:
http://nosoloenlaces.blogspot.com/2009/06/el-flautista-de-hamelin-regresa-de.html

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