A los españoles sí nos gusta el arte

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En muchas ocasiones, se ha querido poner en duda la capacidad de los ciudadanos españoles para apreciar lo bello del arte. Madrid, como buen ejemplo del país, demuestra día a día que la sensibilidad artística es un aspecto más de nuestra personalidad. Uno de los ejes más importantes, en lo que a pinacotecas se refiere, es el Paseo del Prado, que alberga en su recorrido el Museo del Prado, el Thyssen-Bornemisza y el Reina Sofía. Pues bien, si desean comprobar que el arte ha dejado de ser un gusto elitista o minoritario, paseen por delante de estas tres galerías. Así verán las enormes colas que se forman en sus puertas, un día sí y otro también. Ya no vale la excusa de que son extranjeros que están de paso por la capital. Las colas de los museos hablan español.

Yo me planteo que quizá este aumento del interés por la pintura, la escultura y cualquier producción artística venga provocado por una mejoría notable en las muestras que se exponen. Madrid, porque es la que conozco, no porque sea la única, se ha convertido en una ciudad de obligado paso para selecciones itinerantes que viajan por todo el mundo. Escher y su matemática imposible, por ejemplo. Y eso es todo un orgullo. Los que dirigen este mundo se han dado cuenta de que, como casi siempre, es mejor la calidad que la cantidad y el público les ha reconocido su labor.

Voy a centrarme en dos casos para corroborar la afirmación que encabeza el texto. Uno, la exposición de los últimos días de Vicent Van Gogh en el  Thyssen-Bornemisza. Dos, la ampliación del Prado. La muestra del Thyssen, horriblemente administrada por la galería privada, recogía la última etapa creativa del pintor, en una selección que se presentaba espléndida. El museo tuvo la estupenda idea de hacer pases cada cierto tiempo, eso sí comprando la entrada con antelación. Aquello me pareció una explotación escandalosa del arte. Lo cierto es que, independientemente  de esto, el público dio una calurosísima acogida al genio holandés. Tanto fue así que, a dos semanas de concluir la exposición, las entradas estaban “muy” agotadas a cualquier hora del día. La gente sabe apreciar de verdad una buena muestra.

Respecto a la recién estrenada ampliación del Museo del Prado, creo que sobran las palabras. Todos hemos podido contemplar en los distintos medios de comunicación cómo eran de largas las colas para admirar la nueva maravilla de Moneo. Confieso que tuve tentaciones de acudir, por las inmensas ganas que tengo de deslumbrarme con la joya arquitectónica conocida como “la linterna”. Pero enseguida se me pasaron. La entrada gratuita es un reclamo más para el público, que quiere conocer la parte que aún no había sido inaugurada. En el peor caso, hubo que esperar hasta dos y tres horas para acceder al museo. Esto demuestra que en cuanto los madrileños tienen un ratito libre en su estresada vida, se acercan a disfrutar del placer que produce estar delante de una obra de arte.

Fuentes de las fotografías:
www.elpais.com
http://actualidad.terra.es/

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