La “cara B” de la literatura universal

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¿Quién no recuerda la antipatía que generaban esos profesores que obligaban a estudiar tediosos temas, aburridos hasta lo indecible? Algunos ejemplos de las materias más susceptibles de caer en el cajón de los “huesos” son las matemáticas, la historia e incluso la literatura.

portadahtlJavier Traité se ha propuesto demostrar que si nos armamos de mucha imaginación y saltamos alegremente de siglo en siglo y de país en país, las letras no tienen por qué ser tan aburridas (para aquellos a los que se les atragante) como prometen algunas feas cubiertas de manuales teóricos. Historia torcida de la literatura es una de las dos obras de este joven autor barcelonés, historiador de formación y librero de profesión: junto con Historia torcida de España, también editada por Principal de los Libros, ofrece al lector un dúo analítico historia/literatura. Empezó a reflejar su pasión por los libros en su blog Literatura torcida; este volumen se subtitula Los grandes clásicos como nunca te los han contado, y parece muy acertado. Todos los que nos consideramos bibliófilos a mayor o menor nivel hemos deseado alguna vez que alguien, en un tono accesible, nos desentrañe los secretos y curiosidades de la literatura, dejando para los eruditos la pedantería. Contar con una edición que haga un rapidísimo repaso por puñados de siglos y numerosos países y culturas sin caer en sesudos análisis –a menudo, más intrascendentes que otra cosa- es algo que, como poco, ha de agradecerse.

¿Es acertado el resultado general? La intención de Traité está muy bien planteada: no hay recurso pedagógico más efectivo que el de comunicar entreteniendo al receptor y, además, evitar la saturación que provoca la materia con demasiados datos, fechas ni contenidos. Uno de los impulsos que tendrá el lector que acuda a esta obra es el de avanzar en el texto con un bloc de notas en el que apuntar autores, recomendaciones y referencias para, a partir de los nuevos hallazgos, ir aumentando la biblioteca personal, y en este sentido, es totalmente loable que en todo momento Traité deje abierta la puerta del “esta es mi visión particular: en cualquier caso prueba y ya me contarás”. Estaremos más o menos de acuerdo con sus opiniones, pero dado que no preexiste ningún tono de crítica académica, podemos perfectamente leer la obra como la transcripción de una conversación de bar.

En contrapartida, se echa en falta un análisis más riguroso de los autores, y es que el concepto “desenfado” no debería estar reñido con la tendencia a la caricaturización de una disciplina (por ejemplo: hablar de Casanova como un pichabrava, tratar con tanta frivolidad Fausto, de Goethe, o pasar de puntillas por el maravilloso Cumbres Borrascosas son matices que nos dejan, como poco, sorprendidos). En realidad, este no es un libro para todos los públicos: bajo ese aparente enfoque “irreverente” se esconde la gratuidad del registro tosco y más llano concebible que puede herir algunas sensibilidades. Una vez más se cumple la máxima aristotélica de que la virtud está en el término medio: tanto llega a abrumar un análisis exhaustivo de las glosas emilianenses como la excesiva cercanía con la que un autor trata a una figura literaria, prácticamente palmeándole la espalda y retratando a burdos trazos su contexto sociocultural. Dejémonos de ínfulas de grandilocuencia, pero tampoco caigamos en la vulgaridad del lenguaje chabacano. En definitiva: si conoce muy bien sus límites del humor (o por el contrario los desconoce por completo), es un lector todoterreno y no le importa que le machaquen cualquier visión académica de los autores a los que siempre imaginó a través de una gasa romántica, hágase con un ejemplar; pero si aprecia la literatura hasta el punto de defender a capa y espada a su autor o círculo literario favorito mejor déjelo pasar, probablemente se ofenda.

Imagen: viñeta de Alberto Montt

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