24 horas con Guillermo Cabrera Infante

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Guillermo Cabrera Infante

En un lugar del azar de la mente, de cuyo nombre, fecha y datos puede que me acuerde, existía, por entonces, un insoportable deseo por aprender, mientras un bostezo estupendo se apoderaba de su boca, en la última mesa del colegio; justo en el territorio comanche que divide la mezquindad entre los profesores y la cinefilia alobada, además literaria. Fue a conocer en su deleite a Octavio, Cortázar, Donoso y Gabriel, compañeros de juego desde entonces, como antes también lo fueron Alfonso dícese Sánchez, Teresa y de Jesús, José y Luis de Borges, Luis de Calanda y tantas otras constelaciones, que alucinaban entre perplejidades y suspiros a veinticuatro fotogramas o palabras por minuto, vendiéndote el alma e invitándote a traspasar las trincheras de lo asocial; entre comillas. Este niño lo lleva claro, decían.

En una de esas tertulias, que juegan entre la ficción y la realidad, tuvo deleite en conocer a Caín, que por entonces se apodaba Guillermo. Caín, ese chivo loco por los cuadros (fotogramas), apartado bajo la neblina de Londres, como sus Tres tristes tigres, dormía al raso de una Arcadia todas las noches, mientras el humo flotaba sobre sus ojos de exiliado; como Rodrigo de Triana, aquel que descubrió el tabaco, allá por la Habana, y lo quemaron como a un puro -dicen que fue Zeus, un puñetero santo-. Caín posee un don, maestro de la vanidad, que lo convierte en un hermoso Apolo de la palabra, nada menos que difunto, entre tratamientos de choque y fumarretas de locura, tras leer, con toda probabilidad, el Quijote de las Indias. Este narrador irreverente fluye entre limbos de glamour al ritmo de Conga, describiendo ese Oficio del siglo XX, tan discutido como una paternidad: fue antes Edison o los Lumière.

Discutíamos por Ciudadano Kane aquella tarde Néstor, Caín y un servidor. Entonces Cabrerita, con ese aroma suyo de sutil vanidad, se equivocó y cayó en la cuenta, se dignó como un maestro a retractarse, mientras sus labios repetían una y otra vez la palabra Rosebud, dejando así caer una bolita de nieve que rodaba por el suelo enmoquetado de su casa londinense, donde, por cierto, nunca sale el sol. Todos nos sorprendimos por su extraño parecido con aquella escena planificada por Welles el renacentista, esta película que todos ustedes, supongo, ya conocen, y donde se reinventa una nueva forma de contar y por contar. Caín se levantó, más tarde, poseído por una indescifrable paciencia, mientras tanto Néstor y yo nos mirábamos sorprendidos en contraplano, más por nuestra humildad que por oficio.

Esta anécdota siempre la narro por parecerme cinéfilamente inolvidable, irreprochable. Ya no recuerdo si fue verdad o me lo pareció, los años no me lo permiten, pero aún oigo de boca en boca a esos juglares, probablemente mentirosos, que la recitan. De vuelta siempre a la realidad como Cervantes. Aquel muchacho, tan anodino, se deleita en escribir su primera crítica, Sospecha de Alfred Hitchcock; entonces la pérfida Gorgona lo castiga al patíbulo, que otorga el ridículo en su desdicha, y a vagar eternamente por el Hades. Años después, y con estas palabras, este autor, renegado de la burla de un pasado infiel, y desde el escepticismo, siempre con la literatura y el cine por delante, levantó el vuelo.

 

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