Gustavo Sala, el bizarrismo hecho viñeta

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Penes gigantes, vaginas monstruosas, criaturas deformes, universos lisérgicos… Si el lector ha llegado hasta aquí es posible que le interese descubrir la obra de Gustavo Sala (Mar del Plata, Argentina, 1973), dibujante que bucea en las simas de lo bizarro para ofrecer historietas de corte surrealista, escatológico y, por encima de todo, humorístico.

Gustavo Sala

El autor comenzó su carrera a finales de los noventa con su propio fanzine, Falsa Modestia, hasta que en 2005 recibió una oferta del diario Página 12 para sustituir al mismísimo Liniers, tótem del cómic argentino. Las tiras de Bife Angosto, que hoy en día se siguen publicando con periodicidad semanal, convirtieron a Sala en una referencia obligada para todos los amantes del noveno arte. Su talento tampoco pasó desapercibido para los dirigentes de la histórica revista Fierro, que en 2006 contrataron al artista para que realizara varias historias cortas y dos series: El Baño y Violeta Macho, recopiladas por Diábolo Ediciones en el integral El Baño Violeta.

Al margen de sus obras en solitario, Sala también ha trabajado como ilustrador para guionistas como Carlos Trillo, Eduardo Maicas o Lucas Varela, desarrollando un estilo más blanco e inocente, muy alejado de las situaciones estrambóticas y absurdas que pueblan sus historias más personales.

Aprovechando su paso por las Jornadas Comiqueras FNAC (Madrid), La Huella Digital charló con Sala acerca de su obra, su estilo, sus referentes y sus proyectos a corto plazo.

Pregunta. ¿Qué tiene Gustavo Sala en la cabeza?
Respuesta. Supongo que lo mismo que todos. Desde otra perspectiva, los que hacemos humor de historieta estamos más en contacto con lo que nos rodea. Una mosca encima de una salchicha puede darte una idea o una situación más allá de la propia salchicha. La vida humana, la sociedad, los medios, la farándula, el rock… Todo genera contenidos e influencias constantemente. No creo que yo tenga nada particular, salvo la suerte de poder vivir haciendo lo que más me gusta. Nunca he tenido problemas de censura por mis trabajos más extremos o incorrectos.

P. ¿Le gusta forzar ese límite de lo correcto?
R. Pero no por la propia incorrección en sí misma, sino porque lo que me motiva de una historieta o un personaje es que me cause gracia, que funcione, que diga algo distinto. Si se me ocurre algo y me parece divertido, me da igual que pueda resultar violento, negro o grosero. Tampoco tengo problema en hacer cosas más naif o ingenuas. Al final, uno termina haciendo cosas sin proponérselo, generando recursos y situaciones sin un plan premeditado.

P. ¿Dónde nace su interés por el género bizarro?
R. De pequeño leía mucha historieta española de la época de Bruguera, donde había un humor bastante físico: tipos que se caían de bruces o que eran arrollados por un tren. Era muy visceral para ser infantil, bastante más extremo que lo que se hacía en Argentina, donde los tebeos eran mucho más didácticos. Después conocí el cómic adulto, con Fierro y un montón de monstruos de aquella época. Al poco llegarían Robert Crumb, Peter Bagge, Ren y Stimpy… También me encantaba la revista Mad, que era la sátira más costumbrista, pero muy deforme, esa cosa del humor idiota y la cultura ‘nerd’. Con una figura humana tan desastrosa como la mía, el camino ya estaba emprendido hacia ese mundo del humor negro.

P. ¿Considera que ha logrado un sello gráfico personal y reconocible?
R. Me cuesta decirlo. Hay dibujantes que los ves entre miles y te das cuenta de quiénes son, como Juanjo Sáez, Max… Espero que eso suceda en algún momento con mis trabajos, que pueda lograr una voz propia. Uno tiene tantas influencias en la cabeza que es difícil que luego no aparezcan en el papel. Por eso consumo tanta historieta, para disfrazar ese referencias y que pasen elegantemente desapercibidas.

P. Su modo narrativo también es muy propio, con todos esos giros del lenguaje y el argot urbano…
R. Me encanta leer el argot español de ‘mola mogollón’, ‘flipar’… Creo que los localismos hacen las historias más interesantes, más personales, permiten que se ubique la acción, que se refleje la cultura de cada lugar. En mis tiras trato de registrar el habla y las cosas que suceden en la calle.

P. ¿Tienen sus historietas algo de catarsis?
R. Por supuesto. A veces uso la tira para venganzas personales, una forma de exorcizar algo que me cayó mal. Por ejemplo, si vas a una cafetería y te ponen un cruasán duro: desde esa tontería mínima puedo crear una idea que me permita vengarme en cuatro cuadritos. Es un karma bastante idiota.

P. ¿Cómo surgieron las historias de El Baño?
R. Empecé e a trabajar en la revista Fierro haciendo algunas tiras y un día el editor me propuso hacer algo más largo, de dos o tres páginas, para abordar otros registros. La idea era un tipo que abría la puerta del baño y le ocurrían una serie de cosas; siempre partía de la misma premisa, aunque luego las historias se iban por su propio camino.

P. ¿Y Violeta Macho?
R. No sabía hacía dónde se dirigiría la historia, pero sí que quería utilizar elementos del universo, un tono apocalíptico, tierra devastada, criaturas extrañas, un tipo que se queda solo…, todos esos tópicos de la ciencia ficción. Traté de hacer historias que funcionaran como una saga, pero que también se pudieran leer como capítulos unitarios. Me cuesta mucho hacer historias largas, porque soy muy ansioso y enseguida quiero pasar a otra cosa.

P. ¿Diría que Bife Angosto fue un punto de inflexión en su carrera?
R. Hasta 2005 me dediqué a hacer mis propios fanzines, cosas muy ‘under’ que también trataba de meter en revistas minoritarias. Liniers, que por entonces hacía la tira Bonjour en el diario Página 12, se fue a La Nación. Tras muchas idas y venidas, Página 12 me llamó para que hiciera Bife Angosto y hay fue donde empecé a trabajar en la tira con regularidad, periodicidad semanal, en un periódico de difusión nacional que es de los más importantes en Argentina… Y después llegó Ediciones de la Flor, un sitio con mucha historia por el que han pasado Quino o Roberto Fontanarrosa. Querían publicar una recopilación de la tira, pero ya vamos por el segundo libro y estamos preparando el tercero. De todas formas, no creo que haya muchos más, porque siempre he pensado que las tiras se deben dejar cuando están arriba, no cuando el dibujante y las historietas se han desgastado. Quino y Bill Watterson lo hicieron muy bien, porque abandonaron Mafalda y Calvin & Hobbes en su momento de gloria.

P. ¿Qué nuevos proyectos ocupan su tiempo?
R. Con Diábolo voy a publicar otro libro de tiras, una mezcla de cosas de Bife Angosto, El Jueves y alguna historieta inédita. También me gustaría hacer un cómic para chicos escrito y dibujado por mí, pero con un tono psicodélico, de ‘cartoon’ demencial. Por último, quiero conseguir una tira diaria donde yo tenga todo el control. Es una gimnasia que desconozco y que me interesa mucho.

+ Info Gustavo Sala:
Blog del autor.

+ Info Diábolo Ediciones:
Página web oficial.

Imágenes cedidas por Diábolo Ediciones.

Fotografía cedida por Jesús Jiménez.

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